domingo, 22 de abril de 2018

Nueva crónica portuguesa (IV)

LOS REMEDIOS DE LAMEGO. UNA ESCALA HACIA EL CIELO

José Ignacio Martín Benito


Estanque de la primavera y Los Remedios
Es día de la Inmaculada, festivo en Portugal y los viajeros han decidido subir a Los Remedios. El santuario corona el promontorio que preside la ciudad y parece competir con el cerro del castelo. Diríase que ambos –castillo y santuario- son los protectores de los lamecenses. Y es que la milicia y lo celeste siempre han ido unidas de la mano, y si no que se lo pregunten a Fernando I, conquistador de Lamego, cuando recibió aviso del apóstol Santiago previo a la toma de Coimbra. Tierras belicosas estas del Duero, que enviaron a sus hijos a combatir más allá de la patria de Luso, como lo recuerda el monumento levantado a la memoria de os mortos en la Gran Guerra y, en especial, al Batalhão de Infantaria 9, de Lamego en su acción del 14 de marzo de 1918 en Neuve Chapelle.

A Los Remedios se sube por escalera zigzagueante desde el parque de la avenida Visconte Guedes Teixiera. Hay aquí un ambiente prenavideño, con luces y estrellas, y casetas que venden vinos, licores y otros productos de la tierra. A lo largo del parque y alineadas con el santuario hay cuatro fuentes o estanques, una por cada estación, con esculturas de bulto identificadas como primavera, estio, outono e inverno. Reparan los viajeros en que Lamego es una ciudad de fuentes. Y es que el culto a las aguas pervive en estas tierras del Duero, a pesar del esfuerzo que hizo San Martín Dumio, prelado de Braga, intentando catequizar a los rústicos de su arzobispado, allá por el siglo VI de la era cristiana.

El parque parece un lugar de encuentro, pero también de tránsito; es un espacio cerrado y a la vez abierto, en cuyos extremos están, respectivamente, el palacio episcopal y el santuario. Vista desde abajo, la subida a Los Remedios se debe antojar a romeros y devotos como una nueva escala de Jacob, un vínculo entre la tierra y el cielo. La escalera recuerda mucho a la del Bom Jesús do Monte, en Braga.
Fuente de los gigantes y santuario de Los Remedios.
Hoy el día ha amanecido frío y con niebla; quizás por eso no haya devotos en la escalera. Tan sólo algún turista despistado, pero eso sí, en el tramo alto. Seguro que en la romería del 6, 7 y 8 de septiembre la imagen es bien distinta; eso es que los viajeros se imaginan, que por entonces no estarán aquí para contarlo. Así que hoy la escalera forma parte del escenario, pero es de poca utilidad, ya que la mayor parte de los devotos han subido por la estrada con sus carros a rendir culto a Nuestra Señora. Los viajeros harán lo propio.

Los alrededores de Los Remedios están llenos de vehículos, pues la mañana, ya se dijo, no está para subir a pie. Del interior del templo llegan rezos y cánticos. Los viajeros esperan a que terminen los oficios para entrar y, mientras hacen tiempo, descienden algunos tramos de la monumental escalinata para admirar la Fuente de los Gigantes y demás arquitectura en el Largo dos Reis.

Termina la misa. Salen los fieles, precedidos por un pequeño cortejo de monaguillos que acompañan al oficiante. Este se coloca en la puerta y con mucho afecto se despide uno a uno de los feligreses conforme van saliendo.

Los viajeros entran en el templo, donde permanecen todavía algunos devotos; preguntan en la sacristía por algún libro de la historia del santuario. El comissario les indica que hay uno, escrito por el sacerdote que acaba de oficiar, y que lo pueden adquirir en la lonja. Compran el libro, que el autor les firma, deseándose mutuos parabens.
Largo dos Reis. Obelisco.

Tras bajar de Los Remedios, los visitantes buscan las iglesias de San Francisco y de Santa María de Almocave, pero ambas están cerradas. Tras cruzar un parque con bancos, en cuyo respaldo se representan escenas de transporte de vinho en ajados y maltrechos azulejos, se dirigen a lo que queda del mosterio das Chagas,. De la iglesia salen los fieles de misa y entran los viajeros. El monasterio fue fundación del obispo de Lamego Antonio Telles de Meneses en el siglo XVI, como se recuerda en sendas lápidas, tanto en el exterior o portada del mediodía, como en otra, más grande, en el presbiterio. Aquí también está la tumba del benefactor, del que se guarda una copia de su retrato en la sacristía.

El celestial y eclesiástico paseo llega a su fin. Es hora de confortar el cuerpo. El salón principal del restaurante Novo está ocupado por una celebración, pero en el comedor interior los viajeros encuentran una mesa y degustan un arroz com polvo. La tarde les espera.

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martes, 17 de abril de 2018

El paso de los ríos

SOBRE BARCAS Y PUENTES 

José I. Martín Benito

El mayor embarazo que hay en los caminos y
el mas peligroso es el haber de pasar una barca”.

(Fr. Martín Sarmiento, 1757) 

Barca de Aldea del Puente (río Esla), en la década de 1930.

Los ríos han sido, desde la Antigüedad, una fuente de riqueza: por la aportación de recursos, en especial la pesca, por el aprovechamiento de sus aguas para el riego de los campos o por la canalización de las mismas para mover la piedra de un molino. Los ríos han jugado también un papel destacado en la configuración de la red de comunicaciones. Por un lado, debe tenerse en cuenta que los cursos de agua han originado valles y estos han condicionado la apertura y trazado de veredas y caminos; por otro, y desde tiempos antiguos, el hombre aprovechó el lecho fluvial como vía de tránsito y surcó sus aguas recurriendo a diversos sistemas de embarcación y navegación[1].

Al mismo tiempo, los cauces suponían un obstáculo que era preciso franquear, para lo cual se buscaban vados, que podían atravesarse a pie o en caballerías. Pero los ríos han sido vadeables sólo en determinadas épocas, cuando el caudal disminuía como consecuencia de la estación seca. Sin embargo, cuando subía el nivel de las aguas, los vados ya no eran la solución. Para cruzarlos en cualquier época del año se recurrió a soluciones técnicas, como la construcción de pasos fijos o móviles. Esto es, se tendieron puentes (de madera o de piedra) o se recurrió a pasos flotantes, las barcas.

Los primeros requerían grandes esfuerzos, no sólo técnicos, sino también económicos, tanto en su construcción como en su continuo mantenimiento, debido al deterioro ocasionado por la fuerza de las aguas.

El paso del Águeda por las tropas británicas, 1812.
Resultaba más fácil y menos costoso establecer pasos móviles sobre los cauces (las barcas), si bien el tránsito en estas plataformas flotantes era menos fluido y más lento, además de ser más arriesgado y peligroso, sobre todo en época de aguas crecidas. El establecimiento de barcas como recurso para pasar los ríos, ha sido una constante en el interior peninsular a lo largo del tiempo. En algunas localidades, las barcas de paso se han mantenido hasta las últimas décadas del siglo XX.
Barca de Villaflor (Zamora). Embalse del Esla. Década de 1970.



[1] F. ALONSO ROMERO: “Las embarcaciones y navegaciones en el mundo celta de la Edad Antigua a la Alta Edad Media”, En V. ALONSO TRONCOSO (coord.): Guerra, exploraciones y navegación: del mundo antiguo a la edad moderna: curso de verano (U.I.M.P., Universidade de A Coruña): Ferrol, 18 a 21 de julio de 1994, pp. 111-145.
 
ENLACES:

En este blog hemos ido publicando diversas entradas sobre el paso de los ríos mediante el uso de barcas o de puentes.

Incluimos aquí varios enlaces, conscientes de que pueden interesaros.

Los últimos barqueros
Barcas del Duero
Barcas del Porma (1)
Barcas del Porma (2)

El paso del Tera en La Puebla de Sanabria
Barcas de los Valles de Benavente
La barca de Fermoselle
Puentes de barcas en España (1)

Puentes de barcas en España (2)   
Napoleón en Benavente   
El paso del Águeda en Ciudad Rodrigo 
El puente de piedra de Zamora (I) 
El puente de piedra de Zamora (II)
Reparaciones en el puente de Zamora
El puente de piedra en la literatura 
El paso del Esla en Castrogonzalo  

Para saber más:

jueves, 12 de abril de 2018

Los ríos en la estrategia militar

LAS BARCAS DEL ESLA EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA 
Barca inutilizada.

José Ignacio Martín Benito


La guarda de los pasos fluviales constituyó uno de los objetivos de la estrategia militar. Durante la Guerra de la Independencia, la partida de Tomás García Vicente procuró hacerlo en la línea de los ríos Duero, Esla y Tera; con este motivo, en 1810, dieciséis soldados de la Legión de Honor de Castilla, comandados por el alférez Casiano Vicente, se enfrentaron a 1.400 franceses en la defensa de la barca de Villalcampo[1].

La destrucción de las barcas del Esla

Las barcas jugaron su papel en esta contienda, sobre todo en la famosa retirada hacia La Coruña del ejército británico, comandado por sir John Moore y perseguidos por Napoléon y, en concreto, en la conocida como "Carrera de Benavente". En los últimos días de 1808 los ingleses trataron de entorpecer y obstaculizar el avance de las tropas francesas, inutilizando puentes y barcas que dejaban a sus espaldas. Así, según informa el capitán Alexandre Gordon, componente del 15º de Húsares, el mando inglés envió un escuadrón a destruir las barcas del río Esla entre San Cristóbal y Valencia de don Juan, entre ellas la de la Villafer[2]:


“Día 28. A las diez de la mañana, mientras los hombres estaban muy ocupados con la comida de los animales, sonaron los clarines dando la orden de “¡A los caballos!” y formamos con gran prisa, como consecuencia de un informe de que los franceses habían forzado el paso por el puente, esto, sin embargo, demostró ser una falsa alarma, y se envió al regimiento otra vez al acuartelamiento, con la excepción del escuadrón izquierdo, que se envió a destruir las barcas del río entre San Cristóbal y Valencia".
Barca de Aldea del Puente (Esla).
La barca de Villafer

La barca de Villafer, a dos leguas del pueblo anterior, está en la margen izquierda del río; como sucedió que la barca estaba en nuestro lado, cargando pasajeros, se puso inmediatamente a trabajar con ella un grupo, pero, al no tener instrumentos adecuados para este fin, costó mucho tiempo y trabajo dejarla inservible. Se enviaron destacamentos para destruir las barcas de los otros pasos, y, tras dejar apostados unos exploradores a caballo para observar el pueblo, marchamos sobre una legua más adelante, hasta Villalpando, donde nos consideramos perfectamente a salvo, pues los españoles nos habían asegurado que el río no era vadeable”.

El paso del Esla por los franceses a finales de 1808. Al fondo el puente inutilizado de Castrogonzalo.

El paso del Esla en 1808.

A esta destrucción alude el concejo de Villafer cuando en 1815 entabla pleito con el de Benavente acerca de los derechos de echar barca en el río, argumentado que: “habiendo sobrevenido la desgracia de la guerra, el ingles tomo la medida de quemar la varca para estorbar por ella el transito del enemigo, sin que la villa de Benavente cuidase de reponer otra, haciendolo los de Villafer, quienes construyeron no una sino dos, que fueron quemadas”[3].

Puente de Castrogonzalo.
Pero durante la Guerra de la Independencia no sólo se destruyeron los pasos móviles. El puente de Castrogonzalo, principal paso del Esla, fue también inutilizado, como señala Gordon:

“Habiéndose determinado que se destruyera el puente del Esla para entorpecer el avance enemigo, un grupo de ingenieros se empleó en minarlo cuando cruzamos el 27 y la noche siguiente se le hizo volar”.

Destruido el puente, los franceses buscaron pasos alternativos, inspeccionaron el río en busca de vados, registraron las orillas para localizar barcas y árboles para construir balsas. Así lo narra el oficial polaco, enrolado en el ejército napoleónico, Dezydery Chlapowski, que atravesó el río a nado y encontró las barcas en la orilla opuesta, encontrándose con el fuego enemigo. Por esta acción se le concedió la Legión de Honor:


“El Emperador envió a alguno de nosotros con destacamentos de la guarda, a la derecha y a la izquierda, a lo largo del río para buscar barcas o árboles para hacer balsas.

A un millar de pasos, cerca de un pueblo abandonado, encontré entre la maleza algunos pequeños barcos, situé en cada uno 2 “voltigeurs” y regresamos a fuerza de remar hacia el Emperador.

En cada uno de estos barcos hice cruzar el río a algunos “voltigueurs”, con los que partió el oficial de ordenanza Fodoas. Algunos escuadrones siguieron a los “voltigueurs”, en parte vadeando el río cuando hacían pie y otros a nado en lugares profundos. También llegaron tanto la división de caballería, como la artillería. El Emperador ordenó a la caballería cruzar el río por un vado que se encontraba un poco más arriba, obligando a los escuadrones a aproximarse lo más cerca posible, sin que hubiese distancias entre ellos, y los oficiales en su lugar. Esta columna apretada formó una presa humana y un poco más abajo el agua descendió. El Emperador hizo pasar por este lugar a la artillería que logró cruzar el río sin mojar sus municiones. Cuando dicha artillería estaba en la orilla opuesta, el Emperador cruzó a su vez con todos nosotros. Por la noche llegamos a Benavente, congelados y mojados. Era a finales de diciembre de 1808”
[4] 

Barca de Villaflor. Archivo Iberdrola.

 [1] T. GARCÍA VICENTE: Documentos relativos a las operaciones de la Legión de Honor de Castilla que mandaba en 1808 y 10 el brigadier don Tomás García Vicente, que la creó. Madrid 1843, pp. 2-3.
[2] J. I. MARTÍN BENITO: Cronistas y viajeros por el norte de Zamora. Benavente 2004, pág. 213.
[3] Archivo Municipal de Benavente. Leg. 90, 5.
[4] J. I. MARTÍN BENITO: Cronistas y viajeros…, pp. 251-252
.

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sábado, 7 de abril de 2018

La Inquisición en Ciudad Rodrigo

EL AUTO DE FE DE 1491

José Ignacio Martín Benito


Auto de Fe de 1495. Pedro Berrugete.
La bula Exigit sincerae devotionis, expedida por Sixto IV en noviembre de 1478, aprobaba el establecimiento del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en los reinos de Castilla y Aragón. Los primeros inquisidores no fueron nombrados sin embargo hasta septiembre de 1480 y comenzaron su actuación en enero de 1481. La represión comenzó por Sevilla, donde en el auto de fe de 1481 fueron quemadas seis personas. Los perseguidos eran los conversos sospechosos de judaizar[1].

El obispado de Ciudad Rodrigo perteneció alternativamente al Tribunal de Llerena y Valladolid, hasta su inclusión definitiva en el de Llerena a partir de 1517[2]. En los últimos años del siglo XV los inquisidores visitaron la ciudad en 1490, 1491 y 1492. Como consecuencia de la visita de 1490, al año siguiente tuvo lugar en Ciudad Rodrigo un Auto de Fe, en el que fueron condenadas y sentenciadas varias personas acusadas de herejía.

Los condenados

Algunos de los condenados eran personas que habían tenido un destacado papel en la vida política y social de la ciudad, caso de Diego Álvarez, escribano de la ciudad y al que pasaron los bienes de Pedro de Chaves por haber apoyado este último al "adversario de Portugal" en la guerra civil o de sucesión a la corona de los reinos de León y Castilla.

Junto a Diego Álvarez, que fue quemado vivo en una tierra a las afueras de la ciudad donde tuvo lugar el Auto de Fe, fueron condenados también Juan de Alcalá, Diego Díaz de Toledo, la mujer de Juan Esteban y Beatriz Alvarez. La condena llevaba aparejada la confiscación de bienes. Así, los bienes de Juan Díez de Toledo fueron, en un principio, entregados al monasterio de San Esteban de Salamanca. Sus familiares consiguieron rescatar la dote de su hija, por valor de 100.000 mrs[3].

Auto de fe. Pedro Berruguete (detalle).
La familia trató de restituir y limpiar el nombre de los condenados. Fue el caso de los familiares de Diego Álvarez, los cuales al año siguiente del Auto de Fe testificaron y juraron en su favor, como hizo Juan Pacheco, su yerno, que "dixo delante de muchas personas, que según lo que conocia del dicho Diego Alvarez el susodicho, que del oyo decir e de como murio como buen cristiano... e dixo mas, que oyo decir a muchas personas, non se acuerda a quien, que Fr. Luis del Rio.... de San Agustin de esta Ciudad Rodrigo, vio por Rebelacion a una muxer que se llamava la de Juan Esteban, que en esta ciudad fue condenada por herexa, e el dicho fraile le preguntava por el dicho Diego Alvarez, e alli le rebelo que el dicho Diego Alvarez estava en el paraiso...". Cita el yerno otros testimonios, como el de Doña Catalina, hija del Maestre de Alcántara y monja en el monasterio de Sancti Spiritus de Valdárrago, en el obispado civitatense, la cual había dicho que en el día del Auto de Fe: "...estando ella en el dicho monasterio... bio bisiblemente a el dicho Diego Alvarez e le preguntó ‑cómo vos non esávades preso por la Inquisicion, e que dicho Diego Alvarez le respondió que antes era quemado e que entraría al paraíso...."[4].
Sambenitos.

Los sambenitos de este Auto de Fe se colgaron en la Catedral, donde aún permanecían en 1623, como da testimonio el inquisidor Juan Santos de San Pedro en su visita a la ciudad: "Yo he venido a esta Ciudad de Ciudad Rodrigo a la visita ordinaria... y hasta ahora no hay cosa particular de que dar aviso a V.Sª mas de que habiendo reconocido los sambenitos que están en la catedral (que son treinta y uno) hallo que no tienen relación de el delicto porque fueron castigados, ni de el año en que lo fueron..."[5].


[1] Como compendio de los distintos autores y obras que se han acercado al tema, véase J. L. González Novalín, "La Inquisición española", en R. García‑Villoslada (dir): Historia de la Iglesia en España. La Iglesia en la España de los siglos XV y XVI (Madrid 1980, 107‑268).
[2] F. Sierro Malmierca, Judíos, moriscos e qInquisición en Ciudad Rodrigo. (Salamanca 1990, 67‑69).
[3] F. Sierro Malmierca, Op. cit. (Salamanca 1990, 38).
[4] F. Sierro Malmierca, Op. cit. (Salamanca 1990, 40).
[5] F. Sierro Malmierca, Op. cit. (Salamanca 1990, 38).



Este texto está incluido en nuestra obra: "La Iglesia de Ciudad Rodrigo". Historia de las Diócesis españolas. Ávila. Salamanca. Ciudad Rodrigo. BAC 2005, pp. 402-403. 

http://bac-editorial.es/historia-de-las-diocesis/457-iglesias-de-avila-salamanca-y-ciudad-rodrigo.html

lunes, 2 de abril de 2018

Minorías religiosas en la España medieval (2)

LA EXPULSIÓN DE LOS JUDÍOS EN LA RAYA DE PORTUGAL


La salida por Benavente, Zamora, Ciudad Rodrigo y Valencia de Alcántara

José Ignacio Martín Benito
Expulsión de los judíos de Sevilla. Joaquín Turina.

La expulsión de los judíos en 1492 convirtió a la Raya de Portugal en puerta de salida. Junto con Zamora, Benavente y Valencia de Alcántara, Ciudad Rodrigo fue uno de los puntos con mayor afluencia de judíos hacia Portugal. Por Ciudad Rodrigo a Vilar Formoso se calcula que debieron pasar 35.000, según la crónica de Andrés Bernáldez[1].

El Edicto de expulsión prohibía sacar a los judíos metales preciosos, joyas y monedas del reino. En su éxodo sufrieron muchas presiones y abusos, a cambio de ayudarles a sacar oro y plata. Uno de los puertos por los que debió sacarse mucho metal fue el de San Felices de los Gallegos. Los Reyes ordenaron hacer varias pesquisas para depurar responsabilidades. El resultado fue que muchos regidores y caballeros tanto de Zamora como de la Tierra de Ciudad Rodrigo ayudaron a los judíos a la saca de oro y plata del reino. En ello estuvo implicado el conde de Castañeda, señor de Fuenteguinaldo y el alcalde de sacas y alcaide del castillo de Ciudad Rodrigo, Diego del Águila. En 1493 los Reyes Católicos ordenaron al corregidor de la ciudad que llevara a cabo una pesquisa sobre los agravios y cohechos cometidos por las guardas que tenía puestas Diego del Águila al tiempo de la expulsión de los judíos, contra caminantes y recueros que pasaron los puertos[2].

Abusos en Benavente

Otros caballeros locales se aprovecharon de la expulsión. Fue el caso del licenciado Alonso de Mercado, alcalde mayor de Benavente en el momento de la expulsión. Adquirió las casas que a la entrada de la Rúa tenía el judío Mosé de León y aprovechó el momento para extorsionar a los que por los caminos del concejo marchaban hacia Portugal, como hizo con los judíos chapineros salmantinos Yuçe y Yuda, tal como recoge S. Hernández Vicente en El concejo de Benavente en el siglo XV (Zamora 1986, pág. 222).

El regreso de judíos

Judíos en Las Cantigas.
En noviembre de 1492 los Reyes autorizaron el regreso de los judíos que estuvieran dispuestos a bautizarse: "...los que salieron por Çibdad Rodrigo que se tornen christianos en la dicha Çibdad Rdorigo..."[3]. La carta de amparo determinaba que a su bautismo asistiera el obispo o provisor, así como el corregidor o alcalde de la ciudad. Algunos de los judíos se convirtieron al cristianismo. Es el caso de Francisco del Águila, vecino de la villa de Atienza, el cual se convirtió al cristianismo en Ciudad Rodrigo, junto con su mujer e hijos y otras personas hasta un número de cincuenta[4]. La conversión conllevaba la restitución de sus bienes. Así en octubre de 1493 los Reyes ordenan que se devuelvan las heredades en Ciudad Rodrigo a Rodrigo Arias Maldonado y a su mujer e hijos, judíos conversos[5].

El cambio de nombres

Los nuevos conversos trocaron su nombre hebreo por otro cristiano. Fue el caso de Fernán Pérez, que antes de su conversión se llamó Jacob de Medina, o de Fernán Jiménez de Talavera, antes Lumbroso, procurador de la aljama[6]. Otros debieron convertirse antes de salir del reino, como Francisco Núñez, hijo de Salomón Amigo que salió hacia Portugal[7]. El regreso a Ciudad Rodrigo fue consolidando una población conversa realmente importante. Con el tiempo se fueron estableciendo conversos de varias villas y lugares tanto del obispado como de Portugal. A finales del siglo XVI y primeras décadas del XVII la Inquisición de Llerena llevó a cabo una intensa intervención antijudaizante en el obispado civitatense entre la población de cristianos nuevos, como se verá más adelante.
Judíos rezando el día de Yom Kipur, de
M. Gottlieb (1878).


[1] Crónica de los Reyes de Castilla. Biblioteca de Autores Españoles, LXX (Madrid 1953, 652).
[2] A.G.S. Registro General del Sello, 30 de abril de 1493. Barcelona.
[3] A.G.S. Registro General del Sello, 10 de noviembre de 1492. Barcelona
[4] A.G.S. Registro General del Sello, 2 de diciembre de 1492 . Barcelona. Fols. 73 y 74.
[5] A.G.S. Registro General del Sello, 26 octubre de 1493. Barcelona.
[6] A.G.S. Registro General del Sello, 10 de julio de 1493, Barcelona y 13 de mayo de 1495, Madrid.
[7] A.G.S. Registro General del Sello, 1 de agosto de 1496.


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miércoles, 28 de marzo de 2018

Héroes de la Guerra de la Independencia española

ANDRÉS PÉREZ DE HERRASTI Y EL SITIO DE CIUDAD RODRIGO

José Ignacio Martín Benito
Monumento a Herrasti (Ciudad Rodrigo)

El 9 de julio de 1810 el ejército francés se preparaba para el asalto definitivo de la plaza de Ciudad Rodrigo. Lo culminaría al día siguiente, una vez que consiguieron abrir una brecha en la muralla. Los defensores capitularon después de 77 días de asedio, un caserío destruido, una población agotada y una guarnición disminuida.

El sitio había comenzado el 25 de abril cuando el mariscal Ney se presentó ante la plaza de Ciudad Rodrigo exigiendo la rendición. A principios de junio, la llegada de Masséna  estrechó el cerco, concentrando un notable tren de artillería ante la ciudad.

El sitio de Ciudad Rodrigo de 1810 es recordado en el Arco de la Estrella de París, como una de las gestas de las guerras napoleónicas. Pero tampoco ha pasado desaparecibido para los naturales del país. Ciudad Rodrigo lo ha estado recordando desde entonces, presente en la memoria colectiva, en las conmemoriaciones y en la historia viva de los mirobrigenses.

El mando de la defensa de Ciudad Rodrigo durante el asedio francés de 1810 correspondió al general D. Andrés Pérez de Herrasti y Pérez del Pulgar (Granada, 1741-Barcelona, 1818). El cerco comenzó en los primeros días de febrero y se mantuvo hasta el 10 de julio, día de la capitulación. Como el propio Herrasti escribiera al Secretario de la Guerra, habían sido “77 (días) de cerco, 35 de trinchera formada, 16 de bombardeo y cañoneo continuo, y 13 de brecha abierta”. De todo ello, dejó escrita una “Relación Histórica y circunstanciada de los sucesos del sitio de la plaza de Ciudad Rodrigo...”, obra ésta que vio a la luz en 1861 en la imprenta nueva de Dª Carmen de Verdi (reedición facsímil, Coedición del Centro de Estudios Mirobrigenses y la Fundación Ciudad Rodrigo 2010).

Tras la capitulación, el general Herrasti fue deportado a Francia. Repatriado, el 27 de julio de 1814 fue ascendido a teniente general y nombrado gobernador militar de Barcelona, donde murió el 24 de enero de 1818. En1836, el ayuntamiento de Ciudad Rodrigo levantó un monumento en su honor y en el de los cuerpos defensores de la plaza.

Monumento a Herrasti. Ciudad Rodrigo.
 El retrato del general Pérez de Herrasti

Retrato de A. Pérez de Herrasti.
De esta etapa catalana debe ser el retrato original de la copia que se guarda en el salón de plenos del ayuntamiento de Ciudad Rodrigo, donado en 1902 al consistorio por un descendiente del militar, don Antonio Pérez de Herrasti y Antillón. En la sesión plenaria del 3 de agosto de ese año se dio lectura a la carta que el Sr. Marqués de Villa Alcázar, en representación del conde de Antillón, dirigió a la corporación mirobrigense, ofreciéndole el retrato del defensor de la plaza, a lo que el ayuntamiento accedió gustoso, “teniendo en cuenta que el heroico general Pérez de Herrasti con sus hechos en la defensa de esta Plaza contra la invasión estrangera enalteció la historia Patria suscribiendo la página más gloriosa de la de esta ciudad, testigo de un heroísmo y teatro de sus glorias”. El consistorio acordó colocarlo en “lugar preferente de su sala capitular”. En él, sobre un fondo neutro, se representa al general, de medio cuerpo, sujetando una carta con la mano izquierda sobre una mesa. Lleva casaca azul oscuro de cuello alto con ribete de galón de oro y solapas abiertas; en las bocamangas dos filas de entorchados dorados. A la altura del pecho cuelgan varias condecoraciones militares, entre ellas la Gran Cruz Laureada de San Fernando y la Cruz de San Hermenegildo. Banda cruzada roja. El cabello canoso y el rostro, con cierto abatimiento, reflejan las duras jornadas de sus últimos años de servicio (la heroica defensa de Ciudad Rodrigo y el exilio y prisión en Landau, en cuya fortaleza estuvo cinco meses encerrado e incomunicado).

El marco del cuadro (102 x 82 cm.) lleva apliques metálicos dorados, con cabezas de leones afrontados, carey y ribetes con taracea. Se remata con el escudo de armas de los Pérez de Herrasti, esto es, tronchado, con banda de gules en campo de oro, rellena de ocho aspas de oro, y en cada parte una encina de sinople, con un oso de sable empinado al tronco (en la foto que aquí publicamos del retrato del general, no se incluye el marco).

Como ya se apuntó más arriba, el sitio de Ciudad Rodrigo es recordado en el Arco de la Estrella de Paris, junto a otras batallas de la Guerra peninsular, como Gerona, Zaragoza o Badajoz, entre otras.

Batallas de la Guerra de la Independencia en el Arco de la Estrella de París (Foto de Luciano Huerga).


Bibliografía:
J. De Ramón Laca: El general Pérez de Herrasti. Héroe de Ciudad Rodrigo. Madrid, 1967.
AA.VV.: La alianza de dos monarquías: Welington en España. Madrid, 1988
J. I. Martín Benito: "Retrato del teniente general D. Andrés Pérez de Herrasti, Ficha catalográfica pp. 82 y 163 . En Los Arapiles. La batalla y su entorno. Salamanca 2002.

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