viernes, 15 de junio de 2018

Los caminos a Galicia durante la Edad Media

LA RUTA DEL VALLE DEL TERA. MONASTERIOS Y RELIQUIAS

José Ignacio Martín Benito

Iglesia de Santa Marta de Tera (Zamora).
Los caminos entre el centro y el sur de la Península debían confluir en el entorno de los Valles de Benavente. Esas vías fueron utilizadas por los ejércitos musulmanes y cristianos en sus desplazamientos. El valor de cruce de caminos se puso de relieve en los acontecimientos de la batalla de Polvorosa, sucedida en el año 878 a orillas del Órbigo. En ella se enfrentaron las huestes de Alfonso III contra dos cuerpos de ejército musulmanes. Uno procedía de Córdoba y había tomado el camino del norte contra Astorga y León, remontando la vía de la Plata; el otro procedía del centro, de Toledo, Talamanca, Guadalajara y otras plazas[1].

El camino del valle del Tera
 
La ruta del Tera, que discurría remontando el valle de este río y, después la alta Sanabria, conducía también a las tierras del noroeste, una vez salvados los puertos de Padornelo y La Canda. Ya desde el siglo X se sitúan en su entorno diversos monasterios, los cuales, entre sus diversas funciones, sirven también de hospedaje a los transeúntes. En el año 930 el presbítero Hanimino entregaba sus propiedades y pertenencias cuando ingresó como monje en la comunidad del monasterio de San Cipriano de Trefacio, y lo hacía para el sustento de los pobres y peregrinos que vinieran a hospedarse en el cenobio[2]. Lo mismo se especifica en la donación de Vigo de Sanabria que hace el rey Ordoño III a la abadía de San Martín de Castañeda en 952[3]. Las referencias al paso y socorro de peregrinos continúan en la centuria siguiente. Sirva, como ejemplo, la donación que en el año 1018 hizo el clérigo Juan al monasterio de Castañeda, cuando le donó la villa de Asurvial, para que sirviera de “cobijo para los hermanos y para los huéspedes y peregrinos que ahí vienen”[4]. Fórmulas estas que se repiten también en la donación de bienes en Villageriz y Fuentencalada que hizo Monio Martínez al monasterio de Santa Marta de Tera en 1115: “Para remedio de mi alma y de la de mis padres, y para la luz de la iglesia y para el hospedaje de pobres y de monjes que allí lleguen”[5].
 
San Martín de Castañeda (Zamora)
Monasterios

Y es que varios eran los monasterios que servían de refugio a los viajeros que hacían el camino por el valle del Tera y Sanabria. La ruta estaba jalonada por monasterios que hundían sus raíces en la época mozárabe. En Colinas de Trasmonte estaba el de Castroferrol. En Abraveses, en el entorno del que luego fue santuario de la Virgen de la Encina, se ubicaba el de San Pelayo; en Navianos de Valverde, el de Santiago, en lo que hoy es la dehesa de Malucanes, el cual pasó a ser propiedad del monasterio de Santa Marta en 1051, por donación de los condes Sancho Jiménez y María. Precisamente, Santa Marta de Tera, al ir agregando las posesiones de otras comunidades, se convirtió en la principal abadía del curso medio y bajo del valle. Otro centro era el de San Miguel de Camarzana. Más alejados, pero en el mismo entorno estaban los de San Pedro de Zamudia, San Salvador de Villaverde (en San Pedro de la Viña) y San Fructuoso en Ayóo de Vidriales. Por su parte, en tierras sanabresas, se enclavaron los monasterios de San Julián y Santa Basilisa en Vime de Sanabria, San Juan en Ribadelago, San Ciprián, cerca de Trefacio y, el más conocido y principal centro del alto Tera, San Martín de Castañeda[6].

Reliquias
 
Santiago peregrino. Santa Marta de Tera.
En su recorrido por el valle del Tera, los peregrinos visitaban también los santuarios y las reliquias que se guardaban en las iglesias abaciales. Uno de los mejores casos conocidos es, precisamente, el de Santa Marta de Tera. El monasterio había sido fundado a finales del siglo IX o principios del X. Aquí, según un documento de 1033, se rendía culto, junto a Santa Marta, mártir astorgana del siglo III, al Salvador, San Miguel Arcángel, y los apóstoles Santiago, San Andrés y San Mateo. El fervor religioso que despertaban las reliquias contó entre sus devotos al propio Alfonso VII, el Emperador, el cual, aquejado de una grave dolencia moral, invocó a Santa Marta y obtuvo curación. Por eso, en agradecimiento, viajó hasta su iglesia de la ribera del Tera en 1129 y confirmó todos los privilegios y el coto del cenobio. En el documento de confirmación se añadió que: “En su iglesia (de Santa Marta de Tera) el Señor devuelve la vista a los ciegos, oído a los sordos, el andar a los cojos; cura a los mancos, sana a los enfermos, limpia a los leprosos, expulsa a los demonios de los cuerpos posesos y hasta los prisioneros aherrojados se ven libres doquiera que se encuentren” [7]. Obsérvese que esta fórmula recuerda las virtudes curativas que se atribuían a Santiago en Compostela: el apóstol devolvía “la vista a los ciegos, oído a los sordos, palabras a los mudos, la vida a los muertos...”.


[1] Crónica Albeldense, en J. GIL FERNÁNDEZ, J. L. MORALEJO y J.I. RUIZ DE LAPEÑA, Crónicas Asturianas, Oviedo, 1985, pág. 177 y Chronicon de Sampiro, en E. FLÓREZ, España Sagrada, Tomo XI. Madrid 1905, pág. 440.
[2] M. FERNÁNDEZ DE PRADA, El Real monasterio de San Martín de Castañeda. Madrid 1998, pág. 138, nota 124.
[3][3] M. FERNÁNDEZ DE PRADA, Op. cit., pp. 114-115.
[4] M. FERNÁNDEZ DE PRADA, Op. cit., pp. 141-143.
[5] A. QUINTANA PRIETO, Santa Marta de Tera. Zamora 1991, doc. VIII, pp. 200-201.
[6] Sobre los monasterios y su papel en las comunicaciones, véase R. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, “Monasterios, caminos de peregrinación e infraestructura viaria en el norte de Zamora”, Brigecio, 10, pp. 45-66.
[7] A. QUINTANA PRIETO, Santa Marta de Tera. Zamora 1991.


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domingo, 10 de junio de 2018

Nueva crónica portuguesa (5)

EN BUSCA DEL DOURO. PROCESIÓN EN SAN MARTINHO DE MOUROS
José Ignacio Martín Benito

El Duero en el Paso dé Régua.

A primera hora de la tarde luce el sol en Lamego. Los viajeros han decidido buscar el Duero y sus miradores camino de Resende. No saben muy bien por qué les atrae el nombre del lugar. Acaso, se dicen, porque les evoca a Mendo Afonso de Resende, un viajero que corrió la Raya entre 1537-1538 para comprobar la demarcación fronteriza, por mandato del rey de Portugal. Salen de Lamego, camino de Régua, por una carretera nacional muy tortuosa, plagada de curvas y jalonada por terrazas de vid y olivos. Se topan con el Duero en el Paso dé Régua; aunque, en verdad, se habían topado mucho antes, cuando preparaban el libro de las barcas de paso y descubrieron aquel trajín de embarcaciones en el óleo de Joâo Baptista Ribeiro. En esta tarde de diciembre no hay barcos en el río. Sólo más adelante, desde un mirador camino de Resende, observarán un crucero que se desliza remontando el Duero dejando una estela fluvial. Hasta las cumbres llegan los ecos del megáfono que explica a los viajeros la visita. El barco es blanco, el lecho fluvial azul y la tarde gris, pues el sol se ocultó de nuevo y el cielo amenaza lluvia. 

Iglesia de Barró.

Señalizaciones en la estrada indica la presencia do Románico Atlántico. De ahí que la próxima parada será la Igreja do Barró, que se encuentra al lado del cementerio o, tal vez, el cementerio buscó el cobijo y la protección de la iglesia. Los viajeros bajan al templo con la esperanza de encontrarlo abierto, pero tendrán que conformarse con tomar unas instantáneas del exterior, pues está fechado

Sâo Martinho de Mouros.
Mejor suerte tendrán en San Martinho dos Mouros, donde los fieles se congregan en el templo-fortaleza para venerar a la Inmaculada. El templo es una recia construcción en granito, con los vanos en saetera.

Acabada la misa los acólitos salen en procesión, con la imagen de la Virgen encaramada en una peana con túmulo de flores. El gris de la tarde lo rompe la descarga pirotécnica, cuyo estruendo repercute en los ecos de valles y barrancos. A los viajeros le recuerda aquella víspera del Carmen en Cangas de Narcea de 1981. Allí fue de noche. En Sâo Martinho son las 4 de la tarde, pero tampoco hay sol. Los fieles protegidos con paraguas salen de la iglesia y en cortejo procesional se adentran en la población. Unas devotas se han quedado en la iglesia, rezando. Los viajeros hacen fotografías de la magna construcción, mientras se preguntan si no estarán perturbando la oración. Cuando quieren llegar a Resende la tarde ya declina. Casas y figuras se vislumbran entre dos luces. Apenas tendrán tiempo de dar un pequeño paseo por la población, tras decidir que no buscarán el Duero, pues la noche se les echa encima. En eso estaban, cuando de nuevo les asalta el recuerdo de Mendo Afonso de Resende; pero los viajeros no han venido para hacer ninguna demarcación y deciden volver a Lamego.

En la ciudad se nota cierto ajetreo. La Taberna está más concurrida que las noches anteriores. Varias personas salen de cenar y dirigen sus pasos al Teatro Ribeiro Conçeiçâo, donde les espera una función.

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martes, 5 de junio de 2018

Iglesias románicas de Benavente (2)

SAN JUAN DEL MERCADO

José Ignacio Martín Benito 


San Juan del Mercado.

De la construcción de San Juan del Mercado hay constancia documental de 1181. Este año, doña Aldonza, hija del conde Osorio y de la condesa Teresa llegaba a un acuerdo con Pedro de Areis, prior de la Orden del Hospital de San Juan, para seguir la construcción del templo que ella misma había iniciado en torno a 1164, esto es, en los años en que la corona leonesa lleva a cabo la repoblación de la villa. Desde 1181 pues la iglesia estuvo vinculada a los sanjuanistas. El interior tiene tres naves, con crucero que no sobresale en planta, pero sí en alzado. La cabecera lleva tres ábsides, uno por cada nave, con bóveda de crucería. En el exterior se abren tres portadas. La más monumental es la del mediodía, del siglo XIII, con programa iconográfico donde se representan profetas y precursores en las jambas y la Epifanía en el tímpano y arquivoltas. En el intradós del arco apuntado que cobija la portada van pintados, en grupos de dos, los ancianos del Apocalipsis. La puerta norte es similar a la misma de Santa María del Azogue, si bien la de San Juan es más pequeña. En la del oeste, que se abre a la nave central, van arquivoltas sobre molduras sin decorar, salvo la primera, con doce relieves, de temas florales y zoomorfos. Entre los capiteles de las columnas, destaca uno figurado donde se representa el tema de la dama y el caballero.

Varias son las pinturas al fresco que decoran los muros del interior, en especial las de la cabecera. Destaca la del ábside central con tema que alude al titular de la iglesia: San Juan bautizando a Cristo; en los lunetos, figuras de los evangelistas, mientras que la bóveda se decora con motivos platerescos. Los ábsides laterales recibieron también pinturas, así como parte del muro de la Epístola. Dentro del arte mueble varias son las piezas dispersas por la iglesia. Cabe señalar el retablo de la imposición de la casulla a San Ildefonso, con varias tablas: El Nacimiento, La Epifanía y otras dos alusivas al obispo toledano. En la predela, seis apóstoles, entre los que se ha representado a Santiago peregrino. Como obras escultóricas destacan dos piedades, un crucificado gótico y varias imágenes de santos: San Blas, San Antón, San Crispín, San Juan, Santa Lucía, Santa Águeda...), entre otras.

El resto de iglesias con que cuenta Benavente son de reciente factura. Entre ellas cabe señalar, como testimonio de la vinculación jacobea, la nueva parroquia de Santiago Apóstol, creada en 1988 en uno de los barrios situados en torno al camino de los Maragatos o de Astorga. La iglesia es obra el arquitecto Manuel Calvete y alberga modernas esculturas en madera de cedro del claretiano P. Segundo Gutiérrez, entre ellas una de Santiago peregrino.

Para saber más:

HIDALGO MUÑOZ: Elena: La iglesia de SanJuan del Mercado de Benavente. Centro deEstudios Benaventanos "Ledo del Pozo". Salamanca 1997.

jueves, 31 de mayo de 2018

Iglesias románicas de Benavente (1)

SANTA MARÍA DEL AZOGUE

José Ignacio Martín Benito

Introducción

Cabecera de Santa María del Azogue.
Del ingente patrimonio histórico eclesiástico desaparecido en Benavente en el pasado siglo XX (iglesias de San Andrés, de San Nicolás, de Renueva, conventos de Santo Domingo, de San Francisco, de Sancti-Spiritus, de San Bernardo, de Santa Clara) por mor de la especulación urbanística y la ausencia de una política de conservación, sólo quedan las iglesias de Santa María del Azogue y de San Juan del Mercado, ambas comenzadas a levantarse en los últimos años del siglo XII, dentro del estilo románico. También, extramuros, meros muñones del rico pasado histórico-artístico son la espadaña de la iglesia de San Lázaro y los escasos restos del monasterio de los jerónimos en la llamada huerta de don Pío.

Santa María del Azogue

La iglesia de Santa María del Azogue se halla ubicada en el centro de la ciudad y debe su nombre de “azogue” a la antigua celebración en sus inmediaciones del zoco o mercado. El templo comenzó a construirse en la época de la repoblación fernandina, en las últimas décadas del siglo XII. El muro exterior contó con cuatro puertas, la del oeste o de los Apóstoles, la del norte, la del mediodía o del Cordero y una cuarta, también al mediodía, hoy incorporada al interior del templo, al abrirse en el siglo XVIII la capilla del Nazareno.

Agnus Dei.
Se trata de un edificio de planta de cruz latina. El interior tiene tres naves de cuatro tramos, separados por pilares construidos en diversas fases. Presenta crucero muy saliente, lo que faculta que en el testero se dispongan cinco ábsides, de tamaño decreciente desde el central hacia los laterales, con ventanas abocinadas. Es obra que presenta varias fases de construcción. La más antigua, dentro del románico final, es la del testero y parte baja del crucero, con las portadas norte y sur, así como parte de los pies del templo y alzado de las naves. La fábrica es de sillares bien labrados, colocados a soga, de pizarra silícea en la cabecera y parte del crucero, similar a la que se empleó en el monasterio de Moreruela.

En el hastial que mira al mediodía se abre la puerta del Cordero, con programa iconográfico que alude al pecado original y a su redención por Cristo. Así, en el centro del tímpano se fijó un Agnus Dei, rodeado por un círculo, en torno al cual van cuatro ángeles turiferarios. En el centro de la primera arquivolta sitúase una cabeza de Dios Todopoderoso, flanqueada por el Tetramorfos; el arco se completa en el extremo de la izquierda con la representación de Eva desnuda y la serpiente susurrándole al oído la tentación, mientras que en el extremo opuesto se sitúa la Virgen pisando la cabeza del demonio.

La portada norte carece de tímpano y las arquivoltas llevan decoración de pinzas, rosetas, arquillos sobre baquetón y zig-zag con bolas. Una tercera portada se abre en la nave sur, dentro de la capilla de Jesús Nazareno, con arquivoltas lisas y tímpano con bajorrelieve a bisel que dibuja motivos florales.

Puerta norte. Santa María.
Interrumpidas las obras en el primer tercio del siglo XIII, estas no se retomaron hasta el último cuarto de esa centuria, durante el reinado de Sancho IV. En esta fase se levanta la parte alta del crucero -que se cubre con bóveda de crucería- y se completan los pilares y arcos que rematan las naves y la torre, que se encuentra sobre el brazo norte, ya dentro del gótico inicial, todo ello en piedra distinta y de peor calidad.
En el siglo XVI asistimos a nuevas obras; es entonces cuando se cierra la nave central con bóvedas estrelladas y se construye una capilla paralela a la nave norte, que luego, en el siglo XVIII pasó a ser sacristía. Este espacio se cubre con bóveda de cañón con arcos fajones que reposan en contrafuertes y en línea de imposta. La bóveda se cubre con finísimas yeserías y se refuerza con delgados arcos fajones que arrancan de emblemas heráldicos sostenidos por niños desnudos, acompañados de grandes veneras invertidas. Los tres tramos se decoran con casetones oblicuos, que llevan pomos en los cruces y motivos platerescos. Tanto estas yeserías como las que cubren las naves recuerdan las obras de los Corral de Villalpando.

En 1735 se levantó, en sustitución de la Puerta de los Apóstoles, la portada occidental de la que son autores los arquitectos Valentín Antonio de Mazarrasa y Juan Antonio Vélez. La construcción es de sillares de piedra caliza, procedentes de las canteras de Mota del Marqués. También se construyó durante esta centuria la capilla de Jesús Nazareno en el muro sur.
Escudo de los Pimentel.

El interior de la iglesia es un auténtico museo, no sólo por los retablos e imágenes, tanto en bulto como en relieve, de la propia iglesia, sino también por haber sido ésta receptora de las imágenes de otras parroquias y conventos que se fueron cerrando o despareciendo desde el siglo XVIII y cuyo patrimonio fue agregado a Santa María. Destacan las imágenes en piedra de Santa María, de finales del XII, el relieve de la Anunciación, del siglo XIII, un Calvario del XV y los sepulcros del crucero. Además, los diversos retablos, tanto de las naves como los de los ábsides, entre ellos el central, de la segunda mitad del siglo XVII, obra de Jerónimo de Campo Redondo. Cabe señalar también, además del órgano del siglo XVIII, los frescos de la bóveda de la capilla mayor con signos zodiacales, las armas de los Pimentel en el brazo meridional del crucero y el de un San Cristóbal del siglo XVI, entre otros.





Para saber más:

HIDALGO MUÑOZ, Elena: La iglesia de Santa María del Azogue de Benavente. Centro de Estudios Benaventanos "Ledo del Pozo". Salamanca 1995.

sábado, 26 de mayo de 2018

Héroes de la Guerra de la Independencia española (2)

EL GUERRILLERO JULIÁN SÁNCHEZ "EL CHARRO"

José Ignacio Martín Benito 

"El Charro", por Mariano Brandi.
Entre los diversos protagonistas de la Guerra de la Independencia en territorio salmantino, destaca la figura de don Julián Sánchez “El Charro”. Nació en Muñoz (Salamanca) en 1774. En 1808 se incorporó a los Voluntarios de Ciudad Rodrigo. Pronto, en compañía de un grupo de lanceros, llevará a cabo la guerra de guerrillas, con asalto a convoyes y destacamentos franceses, para formar el Regimiento Ligero de Lanceros de Castilla, que acabó constituyendo la Brigada de don Julián. Destacó en el sitio de Ciudad Rodrigo, haciendo varias salidas a la descubierta hostigando al enemigo, en los ataques y acciones de Almeida, San Muñoz, Cabrillas... Integrado en el cuerpo de ejército de Wellington, participa en la batalla de los Arapiles, tomando 500 prisioneros, bagajes y piezas de artillería. Le siguen acciones en Burgos, montes de Álava, Sierra de Andía y entrada en Zaragoza. Acabada la guerra es nombrado gobernador militar de Santoña. Relegado por el absolutismo de Fernando VII es confinado, después de varias peripecias, en el pueblo segoviano de Etreros, donde falleció en 1831.

Sus restos fueron trasladados desde Etreros a Salamanca el 30 de mayo de 1981, depositándose en la Torre del Clavero. En 1985, con informes favorables de la Capitanía Militar y del Gobierno Militar de Salamanca, los restos del guerrillero fueron trasladados a Ciudad Rodrigo y depositados en la base del monumento que le había erigido la ciudad en 1960, con motivo del 150 aniversario del sitio francés.

Retrato de D. Julián Sánchez “El Charro”

Óleo sobre lienzo. Hacia 1812. Atribuido a Zacarías González Velázquez
Ciudad Rodrigo. Alcaldía
35 x 24 cm.
Retrato de D. Julián Sánchez "El Charro".

El cuadro representa a don Julián de medio cuerpo, dentro de un óvalo, ataviado con la guerrera de brigadier, sobre un fondo neutro. Rostro ovalado, con abundante cabello, rizado, en bucles sobre la frente, y largas patillas y bigote. En la parte inferior lleva una cartela donde se lee: “DON JULIAN SÁNCHEZ.”. El cuadro perteneció a la colección de don Manuel Gómez-Imaz, especializada en la guerra de la Independencia. Formó parte de una serie de cuadros de guerrilleros, que F. Sierro atribuye al pintor madrileño Zacarías González Velázquez, entre los que se encontraban Manuel Hernández “El Abuelo”, Juan Martín “El Empecinado”, Francisco Abad y Moreno “Chaleco” y Juan Palarea “El Médico”, que fueron subastados en Madrid por la Casa Saskia Sothebys.

El cuadro de D. Julián fue adquirido por el diplomático mirobrigense afincado en Sevilla D. Pedro Salvador de Vicente, el cual lo donó al ayuntamiento de Ciudad Rodrigo el 7 de noviembre de 2001. La atribución a Z. González Velázquez, resulta dudosa, toda vez que no se registra en el catálogo razonado que recientemente Bertha Núñez ha dedicado al pintor, si bien es cierto que la autora no recoge tampoco la estampa que el artista hizo en 1813 de don Julián a caballo y que luego labró el grabador Mariano Brandi, cuando, sin embargo, sí incorpora la de Juan Palarea, “el Médico” y la de Juan Tapia, “el Cura”, que grabaron M. Brandi y Juan Carrafa, respectivamente.

Monumento a Julián Sánchez "El Charro" (Ciudad Rodrigo).

Bibliografía:

F. Sierro: “Sobre la iconografía de don Julián Sánchez”. Ciudad Rodrigo, Carnaval 91, pp. 183-187.

B. NÚÑEZ: Zacarías González Velázquez (1763-1834). Madrid, 2000.


El texto de esta entrada se corresponde en gran parte con  J. I. Martín Benito: "Retrato de D. Julián Sánchez "El Charro". En Los Arapiles. La batalla y su entorno. Salamanca 2002, Ficha catalográfica 80, pág. 162.

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 . La Ruta de Napoleón. 
. Napoleón en Benavente.

lunes, 21 de mayo de 2018

Motines obreros (2)


MOTINES EN TÁBARA (ZAMORA)  (y 2)


El motín de 1911. El incendio del palacio.

Iglesia de Tábara.
El motín comenzó a las tres de la tarde del día 22 de febrero de 1911, cuando grandes grupos formados por niños y mujeres recorrieron las calles, enarbolando banderas y letreros y dando mueras a don Agustín Alfageme. A las ocho de la tarde el motín se reprodujo participando ahora el pueblo en masa: apedrearon los balcones y miradores del palacio, la casa del guarda del monte El Encinar, partieron las puertas de las paneras y se apoderaron de 800 fanegas de trigo; finalmente incendiaron los edificios, entre ellos parte del palacio y del ex-convento de dominicos, destrozaron los muebles de la casa palacio y talaron los árboles del Jardín (foto 1). Según fuentes orales, en El Bosque los amotinados prendieron fuego a las traviesas del ferrocarril. Tras los sucesos se reconcentraron en la villa fuerzas de la Guardia Civil; a primeros de marzo la benemérita procedió a la detención de cuatro vecinos de Tábara acusados de haber participado en el incendio y robo del palacio[1].

 
Guardia Civil.
"Un pueblo que se derrime"

Los hechos, a pesar de su contundencia, no fueron abordados por el Consistorio, al menos de manera oficial. Las actas municipales no aluden para nada al motín[2]. Sin embargo, sus contemporáneos lo vivieron como una auténtica revuelta antiseñorial, resultado de una situación larvada durante años. Así se desprende de un texto manuscrito, que lleva por título: “Un pueblo que se derrime. Tábara [3]. El texto está fechado el 8 de noviembre de 1914 y firmado por Ramón Vega, uno de los muchos vecinos de la villa que aparece como comprador en la escritura de 1915 y que, además, tomó parte activa en el motín, pues fue uno de los detenidos por la Guardia Civil en los primeros días de marzo de 1911[4]. Esta última circunstancia quizás fue determinante para escribir el manuscrito, en el que justifica el levantamiento popular. Comienza su pequeño ensayo con el recuerdo de la donación de la Tierra de Tábara, en 1371, de Enrique II a Gómez Pérez de Valderrábano, lo que es considerado por Ramón Vega como una disposición que condenó a aquella generación y a las siguientes “a la miseria y a la esclavitud”, para añadir: “Los tiempos pasando, transmitieron a nuebos privilegiados aquellos territorios y las generaciones que venían aguantando resignados el látigo feudal en sus sufridas espaldas”. Alude R. Vega a la sentencia de 31 de enero de 1844 que declaró al marqués “señor territorial y solariego de la villa de Tábara y su tierra”, y al que nuestro informante define como “nuevo dueño de vidas y haciendas”, con lo que, a su juicio, los tabareses quedaban como esclavos vitalicios. A continuación esgrime el derecho natural y lo opone a las leyes humanas para afirmar que la creación del señorío de Tábara es contrario a las leyes de la naturaleza, que hacen a todos los hombres iguales:


Manifestación obrera.

Lo que sí hemos de demostrar hasta la ebidencia es que Enrique II no pudo en ningún caso donar lo que no era suyo, ni lo nuebos dueños de aquellos dominios ennagenar los derechos de otros.



El infante recién nacido tiene igual derecho a la tierra que el hijo del más humilde campesino y una ejecutoria que viene directamente de la naturaleza se sobrepone a todas las leyes humanas, a todos los títulos escritos y es el derecho haber nacido.



El negar el aire, el agua y la tierra a un ser que nace impone a tanto como arrojarlo al río y como nadie tiene derecho a quitar la vida a nadie, tanpoco nadie tiene derecho a negar los elementos de vida como Enrique 2 se los negó a los tabareses”.


 Todas estas reflexiones sirven a R. Vega para justificar los posteriores levantamientos, tanto el de 1898 como el de 1911, presentando a los habitantes de la Tierra de Tábara como “esclabos repugnantes al látigo feudal” que “se resentían á suportar resignados el yugo opresor del amo y señor”. Por todo ello, “sin duda pensando un día que á sus hijos no podían legarles un casar, que la livrea de esclabo pensaron en sacudirla y pisotearla y enarbolando en una mano la bandera de la libertad y de la justicia y en la otra la tea incendiaria acudieron como un solo hombre multitud de pueblos reunidos correspondientes a aquel señor, al Palacio del señor de vidas y haciendas i obligándose en aquellos momentos que las leyes castigan los delitos e inpulsados por el derecho que tienen a la vida, pegaron fuego al Palacio haciendo huir a sus moradores..[5]” Así se refiere Ramón Vega al motín de 1898; al de 1911 le dedica menos líneas y, en todo caso, lo presenta como una consecuencia del primero: “Don Juan Ron enagenó aquellos dominios y el nuevo propietario vio arder otra bed su palacio, porque los de la Tierra de Tábara habían ya pisoteado la librea de la esclabitud”.

 
Situación de Tábara en la provincia de Zamora.

Finalmente, la venta de las propiedades que habían formado parte del patrimonio señorial, es presentada por Ramón Vega como una conquista social, como el resultado de una lucha de los tabareses por la tierra: “... y al encontrarse con la actitud de los tabareses que a toda costa querían emanciparse y reconociendo el derecho moral que los asistía (el propietario) les cedió todas aquellas propiedades en virtud de unos miles de duros que a fuerza de sacrificios han abonado honrradamente en cinco años y firmándose hoy la escritura de propiedades de aquellos terrenos que el Rey don Enrique 2 se los dego por derecho”.



La venta de Alfageme comenzó a formalizarse, por tanto, en 1910, para lo cual en Tábara se creó una sociedad presidida por don Manuel Casado. Los compradores fueron depositando distintas cantidades en un plazo de cinco años, tal como alude R. Vega[6]. Con la compra-venta, en la que intervinieron 186 adquirientes, una parte del término de Tábara, pasó de ser propiedad concentrada a ver la aparición de pequeñas propiedades. Sin embargo, fue la decisión de vender el monte del Encinar entre los vecinos de otros pueblos limítrofes, lo que dio paso al descontento general entre los propios vecinos de la villa, lo que desembocó en el amotinamiento de 1911, como hemos visto.

El texto forma parte de mi trabajo:

"Crisis obrera y conflictividad social en el nordeste zamorano (1898-1920). I. El periodo 1911-1913 ". Brigecio, 11. Benavente, 2001, pp. 115-139.



[1]El Heraldo de Zamora, 24 y 25 de febrero, 7 de marzo de 1911. Los testimonios orales me han sido transmitidos por D. Enrique López, tabarés. Recoge también información oral sobre el motín L. A. SÁNCHEZ GÓMEZ, Op. cit. pp. 66-67.
[2] Con posterioridad a los hechos, el Ayuntamiento se reunió en sesión ordinaria el 4 de marzo bajo la presidencia del alcalde D. Pedro Boya Ríos y, tras la lectura de los boletines oficiales y de la correspondencia, sólo se ocupó del nombramiento de los talladores de la próxima declaración de soldados. Archivo Municipal de Tábara. Actas Municipales.
[3] Se trata de un manuscrito de dos páginas, a doble columna. Archivo familiar de D. Manuel García Fincias (Tábara).
[4] Ramón Vega Ferrero, figura como empleado, casado y habitando en la calle de la Victoria. Escritura de compra-venta y división de fincas... Fue detenido junto a los vecinos Leoncio Diez Fernández (tal vez hermano de Pedro Díez Fernández, comprador nº 24), Rafael Fresno Pernía (también comprador, con el número 5), y Pedro Casas Caballero (quizás hermano de Andrés Casas Caballero, comprador nº 56). El Heraldo de Zamora, 7 de marzo de 1911.

[5] Así justifica Ramón Vega el primero de los motines, seguramente el de 1898. Según su nieto, Manuel Vega Casado, Ramón Vega, oriundo de la Maragatería, fue el cabecilla de la revuelta ¿de cual de ellas?. Cfr. SÁNCHEZ GÓMEZ, L. A., Op. cit., pág. 67.


[6] Baste como ejemplo el siguiente recibo: “He recibido de D. Domingo Fincias Hernández, vecino de esta villa de Tábara, cabecero en la compra hecha a D. Agustín Alfageme Pérez, la cantidad de mil cincuenta y seis pesetas á cuenta de referida compra y correspondiente al primer plazo. Tábara, once de octubre de mil nuevecintos once. El Presidente de la Sociedad. Manuel Casado (Firma)”. Archivo particular de D. Manuel García Fincias. Tábara.