lunes, 18 de diciembre de 2017

El retablo de Fernando Gallego de Ciudad Rodrigo

LA VENTA DEL RETABLO

José Ignacio Martín Benito
Retablo de Ciudad Rodrigo. Museo de Tucson (Arizona).
Una de las piezas artísticas más relevantes del arte mueble de la catedral de Ciudad Rodrigo fue el retablo de la capilla mayor, obra del pintor Fernando Gallego (c. 1440-1507). El pintor trabajó en Salamanca, Plasencia, Coria, Trujillo, Zamora y Ciudad Rodrigo, entre otros lugares. De su obra destaca su "Cielo de Salamanca", pintado en las Escuelas Menores de la Universidad salmantina.

Fernando Gallego y Ciudad Rodrigo

Fueron los años de finales del siglo XV fecundos, en cuanto a encargos de obras por parte de la catedral, siendo deán Francisco del Águila. En 1480 el cabildo había contratado con Fernando Gallego el retablo de la capilla mayor. El maestro, con ayuda de otros tres colaboradores (Francisco Gallego, el "maestro de los labios" y el maestro de las caras y armaduras") lo término en 1488. El padrón de 1486 recoge su estancia en la ciudad, viviendo en la calle Cadimus o en la de Toro[1].

El cielo de Salamanca, de Fernando Gallego.
A decir de Gaya Nuño el retablo de Ciudad Rodrigo "ha de ser considerado... como uno de los conjuntos más importantes de la pintura española cuatrocentista[2]. Debió tener 12 m. de altura y unas 47 tablas.

Pero toda obra es efímera. A finales del siglo XVIII, el cabildo decidió cambiar el fondo de la capilla mayor y en el lugar donde estaba del retablo de Gallego colocar un retablo de plata. Y así lo hizo, por lo que las tablas fueron desmontadas y retiradas al claustro. La inscripción que acompañaba al retablo en el basamento, y que recoge Hernández Vegas[3], desapareció. Como acabó también desapareciendo el retablo de plata en las guerras de comienzos del siglo XIX.

La venta del retablo por el Cabildo

Ecce Homo. Tucson (Arizona)
Allí en el claustro las tablas estuvieron amontonadas más de un siglo, al tiempo que se fueron perdiendo o "extraviando" algunas de ellas. De modo que en 1877 eran de las 46 ya sólo quedaban 26. En la segunda mitad del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX los anticuarios y coleccionistas pusieron los ojos en las obras de arte del patrimonio español. Y mucho de ello había en las antiguas catedrales. Ocurrió en Zamora, con su célebre "Bote" y varios tapices. Aquello fue un caso de codicia. Quién sabe si esta no estuvo también en el ánimo de la venta de las pinturas de Fernando Gallego. Lo cierto es que las tablas, de lo que fue en su día el retablo mayor de la seo civitatense, estaban sentenciadas. Y así, en ese año de 1877, las tablas fueron vendidas por 30.000 reales, con la aprobación del Cabildo. Ocurrió, es verdad, cuando Ciudad Rodrigo no tenía obispo propio y dependía de la administración apostólica del obispo salmantino, Martínez Izquierdo


Las tablas camino del exilio

Vendidas, las tablas salieron de España con destino a la colección de Sir Herbert Cook en Richmond (Inglaterra); sacadas a finales de la década de los cincuenta del siglo XX al mercado internacional de arte, fueron adquiridas por la fundación Samuel H. Kress, la cual las donó a la Universidad de Arizona, en donde fueron exhibidas por primera vez en 1960. Hoy están expuestas en el Tucson Museum of Art (Arizona, USA).
Retablo de Ciudad Rodrigo (Tuccon, Arizona, USA).


[1] "El pintor gallego", en: Mª F. García Casar, Fontes Iudaeorum regni Castellae. VI. El pasado judío de Ciudad Rodrigo. (Salamanca 1992, 112, doc. XXVI/2). En el padrón figura también un "Luys, pyntor", en la Calle de Diego Ruvio con San Vicente y San Salvador.

[2] J. A. Gaya Nuño, Fernando Gallego (Madrid 1958, 22 y 38).

[3]M. Hernández Vegas, Ciudad Rodrigo. La Catedral y la Ciudad. I. (Salamanca 1935, 249 y ss).

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Un peregrino curioso y el castillo de Benavente

“COSAS QUE SON DE REY”

José I. Martín Benito

Castillo de Benavente.
Bartolomé de Villalba y Estaña fue un clérigo benedictino, autor del Pelegrino Curioso y otras Grandezas de España, un manuscrito de 1577 que fue publicado casi 300 años después de haber sido escrito, gracias a la Sociedad de Bibliófilos Españoles entre 1886-1889.

El autor, valenciano de origen (1548-1602) viajó por España y Portugal entre 1573 y 1576. Hizo el Camino de Santiago por la vía de la Plata. Procedente de Salamanca, llegó al monasterio de Valparaíso, y luego Zamora, Moreruela y Benavente; desde aquí a Astorga, el Bierzo y el Cebreiro camino de Galicia.

De Benavente ensalza el castillo-palacio y la armería, así como el trato con el que le dispensaron los señores de la villa. Es uno más de los testimonios que alaban tan magnífico palacio, que le dejó sorprendido, tanto la edificación como lo que en ella se guardaba. “Tiene el Conde cosas que son de Rey y demuestran la antigüedad de aquella casa”, escribe nuestro peregrino.

El castillo se le antoja como uno “de los alcazares reales buenos que hay en España, porque es palacio con todas las calidades que se requieren... con su foso y barbacana y otras cosas que le fortifican, y demás de esto... gran patio, lindos corredores, hermosos balcones... salas, recibidores, antecámaras”. Alaba también la armería, “que es cuadrada, y todos los blasones de las personas calificadas están allí, y es muy dorada y vistosa, y demás de esto hay unos aposentos con un corredor que extiende la vista al campo, al río, á la huerta, á la villa, que es cosa real, y todo es tan bueno”.
Mercurio peregrino. Durero.

El peregrino curioso se refiere también a los monasterios de monjes y monjas con los que contaba la villa benaventana, entre ellos el de Santo Domingo, San Francisco y San Jerónimo, que en ese momento estaba en obras sufragadas por el conde.

El Hospital de la Piedad

Villalba y Estaña no podía pasar por alto la obra benéfica del conde en relación con las peregrinaciones a Santiago, el hospital de la Piedad, donde alaba el tratamiento que se hace a los peregrinos:


"De ahí se puso en un hospital, que tiene el Conde para pelegrinos, donde se les festeja, no como en hospital sino como en palacio".


El jardín y el bosque

Pero si el castillo sorprendió al peregrino valenciano, tampoco le dejó indiferente el jardín. Este estaba precedido de una larga alameda,“que tiene tres carreras de caballo..., que es cosa por cierto rica ver aquella multitud de árboles y aquella altura y la amenidad que mueven”. Del jardín dice que es muy hermoso, con muchos viveles de pescado. Sin embargo, el peregrino no quiso ver el coto de caza de los condes, a pesar de que lo quisieron llevar, excusándose que no era montero. No obstante, refiere que hay en la dehesa muchos corzos, gamos y otros géneros de caza.


De Benavente partió el peregrino hacia Villabrázaro, donde tuvo una amarga experiencia como ya relatamos en un post anterior.

El impresionante castillo de Benavente fue derribado y, posteriormente, demolido, en el siglo XIX y primer tercio del siglo XX.
Escena de caza aristocrática.

Os dejo aquí el relato del peregrino:

“Otro dia dio el Pelegrino en la principal villa de Benavente, que es cierto de las mejores poblaciones de su tamaño en España. Tiene tres mil vecinos; es poblada de mucha gente de lustre. Tiene buena campiña, y buenas huertas; tierra bastecida de todas provisiones. Es de lo bueno de Castilla la Vieja, y los condes tienen aquí calificadas casas, las cuales pudo ver el Pelegrino á plazer, por que el conde de Mayorga y [el] de Luna, como habían estado con su padre en Valencia, recibieron al Pelegrino bien benignamente; y Don Diego Ladron de Guevara fue su guía para ver las cosas notables: que cierto sin fiction ninguna, tiene el Conde cosas que son de Rey y demuestran la antigüedad de aquella casa, la calidad de la cual es notoria á todos los de España y á los de Europa. Entre otras cosas, el palacio del Conde, que está subido en un alto, es de los alcazares reales buenos que hay en España, porque es palacio con todas las calidades que se requieren, lo uno porque es fuerte y está bien murado, con su foso y barbacana y otras cosas que le fortifican, y demás de esto segundariamente tiene en sí todo lo que se puede pedir, gran patio, lindos corredores, hermosos balcones y enayas (sic) y rejados grandes; salas, recibidores, antecámaras, y entre las piezas muy buenas que tiene, notó el Pelegrino la sala que llaman de las armas, que es cuadrada, y todos los blasones de las personas calificadas están allí, y es muy dorada y vistosa, y demás de esto hay unos aposentos con un corredor que extiende la vista al campo, al río, á la huerta, á la villa, que es cosa real, y todo es tan bueno que se le hace agravio notable en no explicarlo, y tanto, que cualquier señor que la viere, quedará con gusto della.

Y ansí, llegando un príncipe de Alemania á visitar al Conde, que se conocían, le comenzó á mostrar su recamara y armería y cosas particulares, y entre ellas el Conde, por cosa que lo merecía, le mostró su palacio y grandezas, y particularmente, viniendo á la cocina, como por allá son más epicúreos, dixo el Principe: “Pequeña cocina me parece esta, Señor Conde, para tan gran cassa”. El Conde, que era sabio, le respondió: “Ser pequeña la cocina ha hecho que la casa sea tan grande”. Respuesta de principe prudente por cierto. Pues siguiendo nuestro Pelegrino los pasos de su guía, llegaron á la armería, la cual sin agravio de nadie, quitando la del Rey, es la mejor cosa que hay en España. Habrá en ella más de dos mil coseletes todos con el aderezo necesario y unos espejos que os podéis mirar en ellos, y otras muchas invenciones y generos de armas, que nuestro pelegrino quedó muy pagado. De ahí se puso en un hospital, que tiene el Conde para pelegrinos, donde se les festeja, no como en hospital sino como en palacio. Tiene dedicados para él tres mil ducados de renta, y se precian aquellos señores de tener particular vigilancia en él. De allí pusieronle en San Francisco, sepultura de los condes, y es el vaso de abajo muy curioso: casa muy buena de cuarenta frayles, aunque se quemó ha pocos años. Allí dieron con él en San Jerónimo, monesterio que para el Santo labraba á la sazón el Conde; de allí á Santo Domingo, casa de veinte frayles, y después á dos monesterios de monjas, unas dominicas y otras franciscas. Este ultimo es grande, de cincuenta mongas y donde los condes menguan las mujeres de su linaje recogiéndolas allí. De todo esto el Pelegrino estaba tan pagado, que dixo á su guía: “que, señor tantas calidades tiene en su tierra haze mal en ir á mandar á las agenas,”- “Esto decis, le respondió, porque el Conde fue el Visorey en Valencia[1], pues aunque no estemos en ella quiero que veais lo que, fuera della, habeis visto pocas cosas mejores, que es el jardín del Conde”. Al cual fueron, y nuestro Pelegrino luego echó ojo á una cosa harto rara, que es un hueso ó una canilla estar metida dentro de una piedra, lo cual muestra que creciendo la ha embebido allí[2], y entrando por la primera puerta vió otra bravata, que hay una alameda que tiene tres carreras de caballo, la cual sirve de recebidor del jardín, que es cosa por cierto rica ver aquella multitud de árboles y aquella altura y la amenidad que mueven. Entrando dentro el jardín, que es muy hermoso con mucha jardinería en las yerbas, muchos viveles con pescados, su casa, y en esta otra curiosidad no menos de notar, que está repartida de tal manera que la Condesa con sus damas no tenga que de partir ni que, si quieren, con el Conde ni sus criados; que todo pareció á nuestro Pelegrino muy bien, y aunque al coto le querian llevar, que á medida legua ó poco más debe de estar, se excusó con el habito, que no era de montero. Tienen en la dehesa muchos corzos, y gamos particularmente y otros generos de caza, y en Benavente detuvose nuestro Pelegrino más de lo que pensaba".


[1] Se refiere a Juan Alonso Pimentel Enríquez, VIII conde de Benavente, que fue virrey de Valencia desde 1598 a 1602 y luego virrey de Nápoles, entre 1603 y 1610. El conde murió en 1621, siendo Presidente del Consejo de Italia. Sobre su figura y labor de mecenazgo, véase M. SIMAL LÓPEZ, Los condes-duques de Benavente en el siglo XVII. Patronos y coleccionistas en su villa solariega. Benavente, 2002, pp. 33-48.

[2] Se refiere, seguramente, a un fósil. Recordemos como el área de Benavente, ha deparado hallazgos paleontológicos, al igual que se han hallado en el término de Matilla de Arzón. Véase el artículo de E. JIMÉNEZ FUENTES, “Restos de tortugas y Rinocerontes fósiles de Benavente”. Brigecio, estudios de Benavente y sus tierras, anuario nº 1, 1989, pp. 165-166.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Imágenes milagreras y protectoras

EL CRISTO DE LAS BATALLAS DE SALAMANCA

José I. Martín Benito

Cristo de las Batallas. Salamanca. Postal.

El Cristo del Cid y del obispo Jerónimo

En la catedral de Salamanca hay un Cristo románico al que se denomina “de las Batallas”. El crucificado habría acompañado al Cid Campeador en los combates. Según la tradición, fue traído en 1102 por el obispo Jeronimus de Perigueux (Jerónimo de Perigord), cuando este se hizo cargo de la sede salmantina. Cuando murió el prelado, encima del arco de su sepultura se colocó “la sagrada Imagen de el Santisimo Christo de las Batallas, espada y estandarte con que el santo Obispo peleaba, y animaba á los soldados, y a quien el valeroso, y esforzado Cid atribuía sus victorias”. Estuvo en la catedral vieja hasta su traslado a comienzos del siglo XVII a la capilla de San Jerónimo, en la seo nueva (Bernardo Dorado, Compendio Histórico de la ciudad de Salamanca, 1776, pp. 104 y 460. La imagen estuvo allí hasta que se le hizo capilla propia detrás del altar mayor, a la que fue trasladada en 1734 (Op. cit. 527).

Gil González Dávila y su historia

Sobre esta imagen Gil González Dávila escribió y publicó una obra titulada Historia de la imagen del Santíssimo Christo de las Batallas, que está en la Sancta Iglesia Cathedral de Salamanca, impresa en 1615. El historiador hizo también referencia a esta imagen en el Theatro eclesiástico de las iglesias metropolitanas y catedrales de los Reinos de las dos Castillas (Madrid 1650), cuando se ocupó de la diócesis salmantina y de sus obispos. Concretamente, al referirse al retablo que pusieron en el arco donde fue sepultado el obispo Jerónimo, González Dávila escribió: "encima del colocaron la imagen del Santo Christo de las Batallas, que fue deste prelado, y se le dio este nombre por ser tradición constante, que entrava con el en las batallas que el Cid dio a los moros. Estuvo encima del arco espacio de 500 años, hasta que el de 1607, manifestó Dios con milagros la gloria desta imagen, en el mismo año y mes que los Moriscos de Valencia dieron fin a la conjuracion que tratavan contra la salud destas Coronas, y Reynos. Y escribi, por mandado de su Cabildo, la historia de esta santisima Imagen, que anda impresa" (238-239).

Imagen devocional y milagrera

Fue una imagen que gozó de mucha devoción en la ciudad, a la que se hacían rogativas en tiempos de guerra y de peste, sacándole en tales casos en procesión con gran ceremonia. En 1609 se le dedicó al Cristo una gran lámpara de plata que decía: “Al Santisimo Christo de las Batallas Senado y Republica de Salamanca consagraron esta Lampara agradecidos á los muchos milagros, y beneficios recibicos, siendo Pontifice Paulo V, reinando Felipe III, obispo don Luis Fernandez de Cordoba, corregidor don Pedro de Ribera, dotóla la Ciudad por la salud de el pueblo salmantino. Año de 1609”
Pinturas murales de José Sánchez, 1615. Catedral Vieja.
La imagen tuvo fama de milagrera. En la catedral vieja, en la nave del Evangelio, hay unas pinturas murales que en 1615 salieron de la mano de José Sánchez y que reproducen escenas de varios milagros atribuidos al Cristo de las Batallas. Las escenas se distribuyen a modo de grandes aleluyas (14 cuadros arriba y 4 abajo. Y es que por mediación del Cristo, encomendándose a él, untándose con el aceite de su lámpara o llegándose hasta su altar, sanaban enfermos y tullidos, salvaban los caídos a pozos y al río Tormes, y encontraban alivio las parturientas o salían ilesos los que habían recibido la caída de muros y piedras (Fernando Araújo, La Reina del Tormes, 1884, pp. 14-16).
Exvotos. Catedral Vieja. José Sánchez 1615.
Se buscó su amparo y protección en las epidemias de cólera de 1834 y 1855. Con motivo del comienzo de la guerra de África de 1858, se le sacó en procesión por las calles de la ciudad (Historia de la ciudad de Salamanca de D. Bernardo Dorado, corregida en algunos puntos, aumentada y continuada ... edición de Ramón Girón, 1861, pp. 72-73). La ciudad recurrió de nuevo a la santa imagen en 1922, tras el desastre de Anual en el norte de África, haciéndole una novena.

Unamuno y el Cristo de las Batallas

Miguel de Unamuno se ocupó varias veces en sus escritos del Cristo cidiano. En 1912, en un artículo titulado “Salamanca” evoca al primer obispo de la diócesis enterrado “cerca de donde descansa el viejo y negro Crucifijo que el Cid llevaba en sus campañas, el Cristo de las Batallas.

Volvió sobre él el 9 de agosto de 1922 en un artículo titulado “El Cristo de las Batallas” publicado en “El Mercantil Valenciano” (Valencia, 1922): “En el altar de la Catedral Nueva de Salamanca, junto al sepulcro del obispo del Cid, hay un viejo Crucifijo negro, ceñudo, con los brazos a escuadra, al que se le llama el Cristo de las Batallas. Es de tradición que era el que llevaba en sus algaras y expediciones el Cid para armar el altar campestre en que se celebraba misa de campaña”.
Miguel de Unamuno.

Según el escritor el crucifijo no despertaba la devoción popular y era más una curiosidad arqueológica. Tal vez se equivocaba el rector, pues él mismo cuenta como se le había hecho una novena. El oficio se enmarcaba en el contexto de la Guerra de Marruecos, un año después del desastre de Anual (1921) y de la rebelión del líder rifeño Abd-el-Krim, que dio lugar a una ofensiva rifeña y a una reacción española. “Frente a este crucifijo negro, rígido, envarado, se prosternan las madres salmantinas pidiendo que termine la algara de Marruecos, “donde las mezquitas son”, en alusión al Cantar de Mio Cid, cuando el de Vivar pensó llevar allí la guerra: “Antes tu minguado, agoro so/ que he aver a tierra e oro e onor/ Allá dentro en Marruecos, o las mezquitas son/ que abran de mi salto quiçab alguna noche”.

El 7 de octubre de 1922 Unamuno escribió “La oración de doña Jimena” en “De esto y aquello”. Sobre la plegaria, que ocupa los versos 220 a 365 del Poema de Mío Cid, termina diciendo el rector: “Esta oración, ¿la rezó acaso doña Ximena, ante este crucifijo negro, rígido, con los brazos en escuadra, curtido a soles y a hielos que con el nombre de Cristo de las Batallas se conserva hoy en una capilla de la catedral nueva de Salamanca junto al último sepulcro del obispo don Jerome, crucifijo del que es tradición que fue el que el Cid llevaba para los altares de campaña, en sus correrías? El de este crucifijo es un Cristo Martillo... ¿y es con todo, este Cristo de las Batallas, tan nuestro?" (Obras completas, III, 1039, octubre, 1922.
El Cid, obra de Juan Cristóbal González Quesada (1955). Burgos.
Y un año después, volvía el rector sobre la imagen: “Hay aquí, en Salamanca, uno que dicen que llevaba en sus campañas el Cid, aquel guerrillero faccioso... – el Cristo de las Batallas es una advocación... muy poca cristiana” (Obras completas, IX, 1179, 1923), en lo que insiste cuatro años más tarde: “Un terrible Cristo que nada tiene de cristiano” (Hojas Libres, nº 6, septiembre, 1927).

La restauración de la imagen

Cristo de las Batallas, restaurado. Salamanca.
La negrura del Cristo que tanto llamó la atención a propios y extraños, y que Unamuno destaca una y otra vez, no era más que fruto del humo de las velas, de los repintes y de la patina del tiempo. Cuando la imagen fue restaurada entre 2009 y 2012, el Cristo recuperó su primitivo color y el negro se perdió en el recuerdo y en los testimonios literarios unamunianos.
Y es que, en efecto, la imagen fue restaurada y replicada. El Cabildo en abril de 2012 la retiró del culto y la depositó en el Museo catedralicio. En su lugar colocó una réplica que se hizo en un taller de Alcalá de Henares (La Gaceta de Salamanca, 23 abril 2012).

Otras advocaciones del Cristo de las Batallas

Esta advocación está también presente en las localidades salmantinas de Aldea del Obispo, Bermellar, Castellanos de Moriscos, Santiz, Cantagallo, Macotera, Montemayor del Río o Sequeros. Ya fuera de la provincia salmantina la enconramos en las cercanas ciudades de Ávila, Toro, Tordesillas, Palencia, Plasencia y Cáceres o en las villas de Rueda (Valladolid) y Santiago de Alcántara (Cáceres), entre otras.

Cristo de las Batallas. Sequeros (Salamanca).


domingo, 3 de diciembre de 2017

La leyenda del Cristo de Benavente

DE CÓMO UN POBRE SE CONVIRTIÓ EN ESTATUA

José I. Martín Benito


El judío errante. Grabado de G. Doré.

Hubo en Benavente un famoso Cristo yacente, al que se le atribuían "mil prodigios". Su origen no consta, aunque sí sabemos que a mediados del siglo XVII la imagen fue trasladada a Madrid, por orden o -casi mejor- capricho, de la condesa consorte.

La leyenda del Cristo

El Cristo tenía su propia leyenda. Hubo un conde de Benavente  -sin que sepamos de quién se trata- al que se define como "santo y grande", que solía salir de incógnito por la villa casi todas las noches. El motivo no era otro que hacer limosnas y cuanto de bien podía. Una noche, un pobre desde el suelo, le pidió auxilio y el conde le respondió que se levantara y le acompañara, que se lo daría. Pero el mendigo no podía incorporarse, por lo que el conde lo cargó sobre la espalda y lo llevó a su palacio para darle aposento y cama. Le ayudó a desnudar, le vistió con una camisa y le acostó. Pimentel se fue a cenar y ordenó que llevaran al mendigo parte de la cena. Pero el camarero no pudo abrir la puerta de la estancia, lo que comunicó al conde. Cuando este pudo entrar en la habitación comprobó que en lugar del pobre había un Cristo.
Convento e igleisa de San Felipe Neri (Madrid).

El porqué del traslado de la imagen del crucificado a Madrid está relacionado con la construcción de la iglesia y casa de los clérigos de San Felipe Neri (conocido como San Felipe el Real), de la que la condesa de Benavente, doña Antonia de Mendoza, se hizo patrona. Debió entender la buena señora que al Cristo le vendrían mejor los aires de la capital del reino que no los de la villa familiar y allí que se lo llevó. Eso sí, según parece, no le fue nada fácil, pues tuvo que contar nada menos que con la autorización del Papa.
El convento, de agustinos descalzos, estuvo en la calle Mayor de Madrid, junto a la puerta del Sol.
Esta doña Antonia de Mendoza y Orense era dama de la reina e hija del conde de Castrojeriz. Casó en segundas nupcias con Juan Francisco Pimentel (1584-1652).

Juan Fco. Pimentel atribuido a Velázquez.
La noticia del traslado la da José de Barrionuevo en sus Avisos (1654-1656):
Madrid y abril 1º de 1656

            “Paréceme que doña Antonia de Mendoza, la dama tan celebrada en Palacio que casó con Benavente, se dice se hace patrona de los clérigos menores del Rosarico de San Felipe Neri, que está junto al embajador de Alemania, haciéndoles iglesia y casa en que vivir, que ahí no la tienen, y pasan con la estrechura que todos vemos. Para esto trae de Benavente un Santo Cristo después de desclavado de la Cruz, que dicen hace mil prodigios, y le ha costado el traerle muchos pleitos y breves del Pontífice. Tuvo su origen de un caso portentoso de un conde santo y grande de la Casa, que es el mayor milagro. El cual acostumbraba a salir de rebozo, haciendo limosnas y cuantos bienes podía por todo el lugar casi todas las noches. Topóse una un pobre que le pidió dolorasamente socorro: díjole se levantase y se fuese con él, que se lo podía dar muy cumplido; y viendo que no lo podía hacer, se le echó a cuestas, llevándole a Palacio, metiéndole por una puerta falsa y en un aposento en que había una cama de propósito para lances semejantes; y habiéndole ayudado a desnudar, y hecho traer una camisa suya y acostándole, cerró la puerta y se fue a cenar, de donde le envió en un plato de todo cuanto le sirvieron. No pudo abrir la puerta el que la llevaba: fue el conde en persona, y halló al pobre llegado hecho un Cristo, que es el que ahora se dice trae, con que hace su patronazgo de buena ventura” (José de Barrionuevo, Avisos, I, pp. 261-262).

martes, 28 de noviembre de 2017

Destrucción y pillaje, escapados y refugiados en las guerras con Portugal (2)

CORRERÍAS EN LA FRONTERA

José I. Martín Benito

Huida de vecinos. Detalle de El Coloso

Las autoridades civiles y religiosas solicitaron en varias ocasiones la ayuda de Felipe IV, ante la angustiosa situación[1]. Como escenario del campo de batalla y las avenidas del “enemigo portugués”, los caminos se hicieron inseguros, por lo que visitador diocesano Cristóbal de Melgar Pacheco tuvo que desistir de la visita a Fuenteguinaldo en 1647 y ordenar al beneficiado de El Bodón que le sustituyera[2]. Se temía las incursiones de los portugueses. En la visita que el magistral de Ciudad Rodrigo hizo a La Encina el 28 de octubre de 1651 fue informado que habían sido vendidos los novillos de las cofradías, “por causa del daño tan notorio de la guerra y riesgo de llevarlos el enemigo”[3]. Ese año los portugueses saquearon y quemaron varios lugares del campo de Yeltes, como Martín del Río, Boada, Castraz, Sancti Spiritus, Pedraza, Campocerrado, Retortillo y otros pueblos de Ledesma. Al año siguiente hicieron lo propio con Cespedosa, Herguijuela, Martiago, El Sahúgo. En 1653 incendiaron Vilvestre, Barruecopardo y El Sahúgo... [4].

Saqueo de soldados.

Los españoles hicieron lo propio. En octubre de 1642 se lanzaron al pillaje y destrucción de poblaciones como Escarigo, Almofala, Colmenar, Vermiosa, Mata de Lobos Y Torre de Frades. Como consecuencia de ello, los vecinos de Escarigo abandonaron la villa y se refugiaron en Castelo Rodrigo[5].

El grado de cansancio era tal que las autoridades civiles y eclesiásticas de la ciudad se dispusieron por su cuenta a concertar treguas con los portugueses, a espaldas de Madrid. Los contactos fructificaron en 1654, cuando el obispo de Ciudad Rodrigo acordó una tregua que, aunque no fue del agrado de Felipe IV, fue un alivio para los vecinos del obispado[6].

Pero el alivio duró poco. En 1655, “desde Ciudad-Rodrigo á Sevilla ha corrido el Portugués toda la raya, que son muchas leguas, llevándose más de 50.000 cabezas de ganado, y todo lo demás que de camino se ha hallado[7]. Ese mismo año, “el corregidor de Ciudad Rodrigo entró en Portugal con 200 caballos y 200 infantes; quemó algunas aldeas, volvió con 4.000 cabezas de ganado menor y 1.000 del mayor, muchas mujeres y niños para rescate, dejándolos por aquella parte bien castigados”[8]. Tres años después, en junio de 1658 tropas portuguesas de pie y de a caballo, entraron desde Almeida. Le salieron al paso los de Ciudad Rodrigo y Saelices “y le quitaron la presa y 63 caballos: mataron, apresaron muchos, huyendo los demás”[9].

Batalla de Montes Claros. Guerra de Restauraçao de Portugal.

[1] HERNÁNDEZ VEGAS, Mateo: Op. cit. II (Salamanca 1935, 197-202).
[2] HERRERO DURÁN, Agustín: Fuenteguinaldo en el espejo de su iglesia. Ciudad Rodrigo 1999, pág. 69, nota 10.
[3] Archivo Diocesano de Ciudad Rodrigo (ADCR). La Encina, sig. 910. Libro que contiene cuentas de las cofradías (San Sebastián, Vera Cruz, Nª Sª del Rosario, La Antigua, Santísimo Sacramento), de Fábrica y de la parroquial del lugar del Olmo. 1632-1657.
[4] NOGALES DELICADO, Dionisio: Historia de Ciudad Rodrigo, 1882.
[5] BORGES, Julio Antonio: Castelo Rodrigo. Passado e presente. Viseu 1999, pág. 95.
[6] VALLADARES, Rafael: Op. cit., 45-52.
[7]BARRIONUEVO, José:
Avisos (1654-1658), II, 237.
[8] BARRIONUEVO, José:
Avisos (1654-1658), II, pág. 123.
[9] BARRIONUEVO, José:
Avisos (1654-1658), IV, pág. 219.