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jueves, 9 de agosto de 2018

Un asturiano por los Valles de Benavente

EL VIAJE DE JOVELLANOS EN 1791

Jovellanos, por Goya.
José Ignacio Martín Benito

El asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón 1744, Vega 1811) fue una de las figuras de la Ilustración española. Literato, político, economista, ocupó altos cargos en la administración del país. Fue alcalde del crimen (1767), oidor de la Audiencia de Sevilla en 1774 y alcalde de corte en Madrid en 1778. Miembro de las Reales Academias de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando, dejó escritos varios tratados e informes sobre agricultura, enseñanza... Ocupó también la cartera de Gracia y Justicia con Godoy en 1797. Entre su vasta obra está su Diario, donde deja constancia de sus viajes por el país. 

En 1791 Jovellanos viajó en coche por la vía de la Plata, desde Salamanca a Zamora, Benavente y Asturias[1]. Entre Cubillos y Piedrahita de Castro observa mucha tierra sin poblar y sin cultivar. Se queja de la hospitalidad que le dieron en Moreruela, un frío recibimiento, sin que pudiera ver la iglesia ni el archivo. El Esla lo cruzó en barca, posiblemente en Barcial para dejar Benavente a la izquierda y dirigirse hacia San Cristóbal de Entreviñas y, desde aquí, a Villaquejida, donde hubo de albergarse en un “trístísmo mesón”. Jovellanos se queja igualmente de la posada de Villamañán, que encontró “sucia, fría e incómoda”, añadiendo “Dios nos saque en paz de ella”.

Posada en el siglo XVIII.
Diario 

“Día 16 [noviembre]. Tierna despedida de los amigos de Salamanca; mañana fría, sin ser mala; a Cubillas [Cubillos] una legua; de aquí a Piedrafita dos, y mucha tierra despoblada y sin cultivo; a Priego [Riego del Camino] otras dos; a Moreruela una. Aquí tuvimos un recibo tan frío como el tiempo; andaban los frailes a magostar en las recreaciones de anteadviento; malo el abad Fr. N. Canaval. Comimos, y sin ver la iglesia ni el archivo, partimos con tarde mala y lluviosa a dormir a Santovenia, donde estamos en casa del párroco D. Diego Aparicio, hombre fino, joven y al parecer instruído, primo de los Altamiranos, de quien traje carta.

Día 17. Noche cruelísima; salimos con una mañana igual; a Villaveza una legua, y otra a la barca; todo el camino lleno de charcos e inundado; pasé la barca en coche bien y luego, y dejando Benavente sobre la izquierda, seguimos por la orilla del río hasta San Cristóbal, dos leguas y media; de allí a Villaquejida, una y media: dicen que ésta es la patria de Santo Toribio Alonso Mogrovejo, que aunque de padres avencidados en Mayorga, nació aquí de paso. Tristísima patria escogió el santo bendito, y tristísimo mesón nos albergó a nosotros, careciendo de todo, hasta de asistencia y abrigo. Salimos a las tres hasta Toral de la Vega, legua y media; este camino y todo el de la mañana inundado desde la barca acá; cerca de Toral muchos barros; dejamos a Toral cerca de noche creyendo hallar a Villamañán en una legua de distancia, y está a dos; pasamos por San Millán ya de noche; a una legua sobre la derecha queda Valencia de don Juan donde hay otra barca sobre el Ezla. En Toral hay un palaciote con sus torreones que es del señor, y está mal conservado. Llegamos a Villamañán a las siete de la noche, habiendo andado hora y media en tinieblas, y más por agua que por tierra. Aún peor que esto es la posada, sucia, fría e incómoda. Dios nos saque en paz de ella; dicen que la noche está serena y acaso va a cambiar el tiempo con el menguante de la luna de mañana. Quiéralo Dios, y a toser y a dormir.” 

Monasterio de Moreruela.
 Luego sigue el trayecto de León a Gijón.

Día 26. Salida a León a las ocho y media de la mañana en el coche de San Marcos... 

[1] Obras de Gaspar Melchor de Jovellanos, Biblioteca de Autores Españoles, Tomo III, nº 85. Diarios. Diario Segundo, 1791. Madrid, 1956.

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sábado, 30 de junio de 2018

Nueva crónica portuguesa (6)

REGRESO A CALIABRIA



El monte Calabre (Almendra, Portugal).
Los viajeros han vuelto a Caliabria “dezoito anos depois”. Y lo han hecho con un ejército. Entonces, en octubre del nuevo milenio, eran sólo una fuerza exploradora, compuesta por cuatro profesores y dos canónigos de Ciudad Rodrigo. Al atardecer, con los canónigos de guardia en la parte baja, los cuatro soldados asaltaron la cumbre trepando campo a través las pronunciadas laderas del castelo. En el planalto solo se toparon con los restos de la derruida muralla, algunas piedras amontonadas, retamas, almendros y pasto agostado. Los habitantes de la fortaleza ha mucho tiempo que abandonaron estos campos de soledad. Entonces, como hoy, el azul se hizo dueño del cielo y de las aguas del río que lame mansamente los perfiles del monte Calabre.

Hoy, un domingo de mediados de junio, los viajeros han vuelto con una tropa integrada por efectivos rayanos, dispuesta a comprobar que Caliabria sigue desierta y que nadie perturba la paz de aquellos parajes. Serían poco más de las diez de la mañana, hora portuguesa, cuando el medio de centenar de asaltantes se dispuso en desordenada fila, a acometer una maltrecha y empinada subida para encaramarse a la cima de lo que fue la antigua ciudad visigoda.

Ahora, los nuevos soldados han trocado la panoplia por el avituallamiento: las lanzas por bastones y cayados, las cimeras por gorras y sombreros y las espadas por botellas y cantimploras. La única resistencia que se encuentran es la densa vegetación, el calor asfixiante, y los empinados riscos. En determinado momento hacen una parada "á sombra duma azinheira que já não sabia a idade" y, entonan “Grandola, vila morena”, como si de un nuevo himno de conquista se tratara.
Muralla de Caliabria.

Pero este es un ejército de paz y los enviados sólo buscan los fantasmas de los antiguos pobladores, entre ellos el de los obispos calabrienses, tanto los de los visigodos que fueron a los concilios de Toledo y Mérida, como los que les sucedieron, alguno de los cuales ni siquiera llegó a tomar posesión de sus episcopales dominios. Fue el caso de Domingo, al que Fernando, rey de León, le hizo obispo de Ciudad Rodrigo, pero con el título de Caliabria, que así quería dar legitimidad a la nueva diócesis. A buen seguro, Domenicus nunca subió a la cima de la vieja ciudad. Sí lo hizo don José da Cruz Policarpo, a quien el papa nombró en 1978 auxiliar de Lisboa con el título de bispo de Caliabria. Pero don José se encontró también con la soledad de un paisaje cubierto de almendros y los restos de una muralla en la que entonó vísperas.

Llegados a la cima y a la sombra de outra azinheira, los viajeros conversan en animada platica sobre el pasado del velho castelo y de cómo el cuerpo de San Apolinar –supuesto obispo de Caliabria martirizado en época de Trajano- habría cruzado en barca el Douro para llegar hasta la cercana Urros, donde todavía se le venera.

En estas y otras cuitas estaban, cuando los exploradores deciden que es llegada la hora de tomar el botín o tesoro de la ciudad, y que no es otro que centenares de instantáneas capturadas con sus modernos artilugios. Alguno, como el que escribe, dejó allí perdida para siempre la tapa de su cámara fotográfica. Comprobada la quietud del lugar, deciden que no deben perturbar más la paz de estos desiertos, y se disponen a enfilar el descenso por la cara oeste del cerro, en busca de un camino que lo bordea hacia el mediodía, en medio de olivos y viñas modernizadas con el riego por goteo.
El Duero desde Caliabria.
Pero es hora de recomponer el cuerpo, muy azotado por el esfuerzo. Tras una parada en los restos arqueológicos del "Olival dos Telhões", donde se lamentan de su grado de conservación, los viajeros ponen rumbo a la sede da Junta de Freguesia de Almendra. Es hora del almuerzo o merenda partilhada. Também é hora de confraternizar os laços ibéricos e de fronteira, juntamente com o vinho destas terras.





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viernes, 15 de junio de 2018

Los caminos a Galicia durante la Edad Media

LA RUTA DEL VALLE DEL TERA. MONASTERIOS Y RELIQUIAS

José Ignacio Martín Benito

Iglesia de Santa Marta de Tera (Zamora).
Los caminos entre el centro y el sur de la Península debían confluir en el entorno de los Valles de Benavente. Esas vías fueron utilizadas por los ejércitos musulmanes y cristianos en sus desplazamientos. El valor de cruce de caminos se puso de relieve en los acontecimientos de la batalla de Polvorosa, sucedida en el año 878 a orillas del Órbigo. En ella se enfrentaron las huestes de Alfonso III contra dos cuerpos de ejército musulmanes. Uno procedía de Córdoba y había tomado el camino del norte contra Astorga y León, remontando la vía de la Plata; el otro procedía del centro, de Toledo, Talamanca, Guadalajara y otras plazas[1].

El camino del valle del Tera
 
La ruta del Tera, que discurría remontando el valle de este río y, después la alta Sanabria, conducía también a las tierras del noroeste, una vez salvados los puertos de Padornelo y La Canda. Ya desde el siglo X se sitúan en su entorno diversos monasterios, los cuales, entre sus diversas funciones, sirven también de hospedaje a los transeúntes. En el año 930 el presbítero Hanimino entregaba sus propiedades y pertenencias cuando ingresó como monje en la comunidad del monasterio de San Cipriano de Trefacio, y lo hacía para el sustento de los pobres y peregrinos que vinieran a hospedarse en el cenobio[2]. Lo mismo se especifica en la donación de Vigo de Sanabria que hace el rey Ordoño III a la abadía de San Martín de Castañeda en 952[3]. Las referencias al paso y socorro de peregrinos continúan en la centuria siguiente. Sirva, como ejemplo, la donación que en el año 1018 hizo el clérigo Juan al monasterio de Castañeda, cuando le donó la villa de Asurvial, para que sirviera de “cobijo para los hermanos y para los huéspedes y peregrinos que ahí vienen”[4]. Fórmulas estas que se repiten también en la donación de bienes en Villageriz y Fuentencalada que hizo Monio Martínez al monasterio de Santa Marta de Tera en 1115: “Para remedio de mi alma y de la de mis padres, y para la luz de la iglesia y para el hospedaje de pobres y de monjes que allí lleguen”[5].
 
San Martín de Castañeda (Zamora)
Monasterios

Y es que varios eran los monasterios que servían de refugio a los viajeros que hacían el camino por el valle del Tera y Sanabria. La ruta estaba jalonada por monasterios que hundían sus raíces en la época mozárabe. En Colinas de Trasmonte estaba el de Castroferrol. En Abraveses, en el entorno del que luego fue santuario de la Virgen de la Encina, se ubicaba el de San Pelayo; en Navianos de Valverde, el de Santiago, en lo que hoy es la dehesa de Malucanes, el cual pasó a ser propiedad del monasterio de Santa Marta en 1051, por donación de los condes Sancho Jiménez y María. Precisamente, Santa Marta de Tera, al ir agregando las posesiones de otras comunidades, se convirtió en la principal abadía del curso medio y bajo del valle. Otro centro era el de San Miguel de Camarzana. Más alejados, pero en el mismo entorno estaban los de San Pedro de Zamudia, San Salvador de Villaverde (en San Pedro de la Viña) y San Fructuoso en Ayóo de Vidriales. Por su parte, en tierras sanabresas, se enclavaron los monasterios de San Julián y Santa Basilisa en Vime de Sanabria, San Juan en Ribadelago, San Ciprián, cerca de Trefacio y, el más conocido y principal centro del alto Tera, San Martín de Castañeda[6].

Reliquias
 
Santiago peregrino. Santa Marta de Tera.
En su recorrido por el valle del Tera, los peregrinos visitaban también los santuarios y las reliquias que se guardaban en las iglesias abaciales. Uno de los mejores casos conocidos es, precisamente, el de Santa Marta de Tera. El monasterio había sido fundado a finales del siglo IX o principios del X. Aquí, según un documento de 1033, se rendía culto, junto a Santa Marta, mártir astorgana del siglo III, al Salvador, San Miguel Arcángel, y los apóstoles Santiago, San Andrés y San Mateo. El fervor religioso que despertaban las reliquias contó entre sus devotos al propio Alfonso VII, el Emperador, el cual, aquejado de una grave dolencia moral, invocó a Santa Marta y obtuvo curación. Por eso, en agradecimiento, viajó hasta su iglesia de la ribera del Tera en 1129 y confirmó todos los privilegios y el coto del cenobio. En el documento de confirmación se añadió que: “En su iglesia (de Santa Marta de Tera) el Señor devuelve la vista a los ciegos, oído a los sordos, el andar a los cojos; cura a los mancos, sana a los enfermos, limpia a los leprosos, expulsa a los demonios de los cuerpos posesos y hasta los prisioneros aherrojados se ven libres doquiera que se encuentren” [7]. Obsérvese que esta fórmula recuerda las virtudes curativas que se atribuían a Santiago en Compostela: el apóstol devolvía “la vista a los ciegos, oído a los sordos, palabras a los mudos, la vida a los muertos...”.


[1] Crónica Albeldense, en J. GIL FERNÁNDEZ, J. L. MORALEJO y J.I. RUIZ DE LAPEÑA, Crónicas Asturianas, Oviedo, 1985, pág. 177 y Chronicon de Sampiro, en E. FLÓREZ, España Sagrada, Tomo XI. Madrid 1905, pág. 440.
[2] M. FERNÁNDEZ DE PRADA, El Real monasterio de San Martín de Castañeda. Madrid 1998, pág. 138, nota 124.
[3][3] M. FERNÁNDEZ DE PRADA, Op. cit., pp. 114-115.
[4] M. FERNÁNDEZ DE PRADA, Op. cit., pp. 141-143.
[5] A. QUINTANA PRIETO, Santa Marta de Tera. Zamora 1991, doc. VIII, pp. 200-201.
[6] Sobre los monasterios y su papel en las comunicaciones, véase R. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, “Monasterios, caminos de peregrinación e infraestructura viaria en el norte de Zamora”, Brigecio, 10, pp. 45-66.
[7] A. QUINTANA PRIETO, Santa Marta de Tera. Zamora 1991.


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domingo, 10 de junio de 2018

Nueva crónica portuguesa (5)

EN BUSCA DEL DOURO. PROCESIÓN EN SAN MARTINHO DE MOUROS
José Ignacio Martín Benito

El Duero en el Paso dé Régua.

A primera hora de la tarde luce el sol en Lamego. Los viajeros han decidido buscar el Duero y sus miradores camino de Resende. No saben muy bien por qué les atrae el nombre del lugar. Acaso, se dicen, porque les evoca a Mendo Afonso de Resende, un viajero que corrió la Raya entre 1537-1538 para comprobar la demarcación fronteriza, por mandato del rey de Portugal. Salen de Lamego, camino de Régua, por una carretera nacional muy tortuosa, plagada de curvas y jalonada por terrazas de vid y olivos. Se topan con el Duero en el Paso dé Régua; aunque, en verdad, se habían topado mucho antes, cuando preparaban el libro de las barcas de paso y descubrieron aquel trajín de embarcaciones en el óleo de Joâo Baptista Ribeiro. En esta tarde de diciembre no hay barcos en el río. Sólo más adelante, desde un mirador camino de Resende, observarán un crucero que se desliza remontando el Duero dejando una estela fluvial. Hasta las cumbres llegan los ecos del megáfono que explica a los viajeros la visita. El barco es blanco, el lecho fluvial azul y la tarde gris, pues el sol se ocultó de nuevo y el cielo amenaza lluvia. 

Iglesia de Barró.

Señalizaciones en la estrada indica la presencia do Románico Atlántico. De ahí que la próxima parada será la Igreja do Barró, que se encuentra al lado del cementerio o, tal vez, el cementerio buscó el cobijo y la protección de la iglesia. Los viajeros bajan al templo con la esperanza de encontrarlo abierto, pero tendrán que conformarse con tomar unas instantáneas del exterior, pues está fechado

Sâo Martinho de Mouros.
Mejor suerte tendrán en San Martinho dos Mouros, donde los fieles se congregan en el templo-fortaleza para venerar a la Inmaculada. El templo es una recia construcción en granito, con los vanos en saetera.

Acabada la misa los acólitos salen en procesión, con la imagen de la Virgen encaramada en una peana con túmulo de flores. El gris de la tarde lo rompe la descarga pirotécnica, cuyo estruendo repercute en los ecos de valles y barrancos. A los viajeros le recuerda aquella víspera del Carmen en Cangas de Narcea de 1981. Allí fue de noche. En Sâo Martinho son las 4 de la tarde, pero tampoco hay sol. Los fieles protegidos con paraguas salen de la iglesia y en cortejo procesional se adentran en la población. Unas devotas se han quedado en la iglesia, rezando. Los viajeros hacen fotografías de la magna construcción, mientras se preguntan si no estarán perturbando la oración. Cuando quieren llegar a Resende la tarde ya declina. Casas y figuras se vislumbran entre dos luces. Apenas tendrán tiempo de dar un pequeño paseo por la población, tras decidir que no buscarán el Duero, pues la noche se les echa encima. En eso estaban, cuando de nuevo les asalta el recuerdo de Mendo Afonso de Resende; pero los viajeros no han venido para hacer ninguna demarcación y deciden volver a Lamego.

En la ciudad se nota cierto ajetreo. La Taberna está más concurrida que las noches anteriores. Varias personas salen de cenar y dirigen sus pasos al Teatro Ribeiro Conçeiçâo, donde les espera una función.

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domingo, 22 de abril de 2018

Nueva crónica portuguesa (4)

LOS REMEDIOS DE LAMEGO. UNA ESCALA HACIA EL CIELO

José Ignacio Martín Benito


Estanque de la primavera y Los Remedios
Es día de la Inmaculada, festivo en Portugal, y los viajeros han decidido subir a Los Remedios. El santuario corona el promontorio que preside la ciudad y parece competir con el cerro del castelo. Diríase que ambos –castillo y santuario- son los protectores de los lamecenses. Y es que la milicia y lo celeste siempre han ido unidas de la mano, y si no que se lo pregunten a Fernando I, conquistador de Lamego, cuando recibió aviso del apóstol Santiago previo a la toma de Coimbra. Tierras belicosas estas del Duero, que enviaron a sus hijos a combatir más allá de la patria de Luso, como lo recuerda el monumento levantado a la memoria de os mortos en la Gran Guerra y, en especial, al Batalhão de Infantaria 9, de Lamego en su acción del 14 de marzo de 1918 en Neuve Chapelle.

A Los Remedios se sube por escalera zigzagueante desde el parque de la avenida Visconte Guedes Teixiera. Hay aquí un ambiente prenavideño, con luces y estrellas, y casetas que venden vinos, licores y otros productos de la tierra. A lo largo del parque y alineadas con el santuario hay cuatro fuentes o estanques, una por cada estación, con esculturas de bulto identificadas como primavera, estio, outono e inverno. Reparan los viajeros en que Lamego es una ciudad de fuentes. Y es que el culto a las aguas pervive en estas tierras del Duero, a pesar del esfuerzo que hizo San Martín Dumio, prelado de Braga, intentando catequizar a los rústicos de su arzobispado, allá por el siglo VI de la era cristiana.

El parque parece un lugar de encuentro, pero también de tránsito; es un espacio cerrado y a la vez abierto, en cuyos extremos están, respectivamente, el palacio episcopal y el santuario. Vista desde abajo, la subida a Los Remedios se debe antojar a romeros y devotos como una nueva escala de Jacob, un vínculo entre la tierra y el cielo. La escalera recuerda mucho a la del Bom Jesús do Monte, en Braga.
Fuente de los gigantes y santuario de Los Remedios.
Hoy el día ha amanecido frío y con niebla; quizás por eso no haya devotos en la escalera. Tan sólo algún turista despistado, pero eso sí, en el tramo alto. Seguro que en la romería del 6, 7 y 8 de septiembre la imagen es bien distinta; es lo que los viajeros se imaginan, que por entonces no estarán aquí para contarlo. Así que hoy la escalera forma parte del escenario, pero es de poca utilidad, ya que la mayor parte de los devotos han subido por la estrada con sus carros a rendir culto a Nuestra Señora. Los viajeros harán lo propio.

Los alrededores de Los Remedios están llenos de vehículos, pues la mañana, ya se dijo, no está para subir a pie. Del interior del templo llegan rezos y cánticos. Los viajeros esperan a que terminen los oficios para entrar y, mientras hacen tiempo, descienden algunos tramos de la monumental escalinata para admirar la Fuente de los Gigantes y demás arquitectura en el Largo dos Reis.

Termina la misa. Salen los fieles, precedidos por un pequeño cortejo de monaguillos que acompañan al oficiante. Este se coloca en la puerta y con mucho afecto se despide uno a uno de los feligreses conforme van saliendo.

Los viajeros entran en el templo, donde permanecen todavía algunos devotos; preguntan en la sacristía por algún libro de la historia del santuario. El comissario les indica que hay uno, escrito por el sacerdote que acaba de oficiar, y que lo pueden adquirir en la lonja. Compran el libro, que el autor les firma, deseándose mutuos parabens.
Largo dos Reis. Obelisco.

Tras bajar de Los Remedios, los visitantes buscan las iglesias de San Francisco y de Santa María de Almocave, pero ambas están cerradas. Tras cruzar un parque con bancos, en cuyo respaldo se representan escenas de transporte de vinho en ajados y maltrechos azulejos, se dirigen a lo que queda del mosterio das Chagas,. De la iglesia salen los fieles de misa y entran los viajeros. El monasterio fue fundación del obispo de Lamego Antonio Telles de Meneses en el siglo XVI, como se recuerda en sendas lápidas, tanto en el exterior o portada del mediodía, como en otra, más grande, en el presbiterio. Aquí también está la tumba del benefactor, del que se guarda una copia de su retrato en la sacristía.

El celestial y eclesiástico paseo llega a su fin. Es hora de confortar el cuerpo. El salón principal del restaurante Novo está ocupado por una celebración, pero en el comedor interior los viajeros encuentran una mesa y degustan un arroz com polvo. La tarde les espera.

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viernes, 23 de marzo de 2018

Calles, plazas y ermitas de Sevilla

TRIANA, PUENTE Y APARTE

 José Ignacio Martín Benito

Estatua de Velázquez (plaza Duque de la Victoria)
En el Museo de Sevilla están -sí- los jardines, pero no hay rastro del joven pintor desesperado por la huída de su “Triniá”. En eso estaban los viajeros, evocando a Miguel de Molina y a Carlos Cano, bajo la estatua de Murillo, cuando deciden que lo que han venido a ver son los lienzos de la escuela barroca sevillana; así que dejan la copla por el pincel y recorren los muchos patios y salas del antiguo convento de la Merced.

Saciado el espíritu, desde el Arenal se dirigen a los Reales Alcázares, no sin antes pasar por el plateresco ayuntamiento de Riaño y envolverlo en su cámara digital. Pero la entrada en los Reales es complicada, de efectos retardados. No es, "vamos a entrar" y ¡hala! "ya estamos". Los viajeros, como tantos otros, deberán esperar a que la cola que les precede sea engullida por las fauces del león que guarda la puerta; sólo así entrarán en la morada del rey don Pedro y podrán admirar los azulejos, atauriques y mocárabes.
Pero los visitantes quieren empaparse del alma sevillana al otro lado del río. Por la tarde, bajarán hacia la torre del Oro y cruzarán el puente que les lleva a la margen izquierda.

Triana es a Sevilla lo que el Trastévere a Roma. El río sigue fluyendo, se llame Betis, río Grande o Guadalquivir, que lo de menos es el nombre, mientras lo surquen galeras, bajeles o piraguas; mientras corra por la depresión en busca del océano. El río baja sucio en su curso bajo. Un barbo muerto flota vientre arriba. También, en los jardines de los Reales Alcázares, una tórtola sin vida, rodeada de hojas marchitas, espera volver a ser polvo de la tierra.
Tórtola muerta en los Reales Alcázares.

Para acceder a los embarcaderos hay que buscar la entrada entre restaurantes. Allí bajarán los viajeros, no para comer –que ya lo hicieron- ni para subirse a una barca, sino para ver los reflejos de la torre del Oro en las mansas aguas del río.
Por la calle de Troya, los visitantes se dirigen al corazón de Triana. Una placa recuerda que en otro tiempo se llamó de La Cruz, ambiente de la novela cervantina de Rinconete y Cortadillo en el patio de Monipodio.


¡Quién lo iba a decir!, pero en uno de los bares de Triana, los viajeros se toparon con una fotografía de Barrio de Sanabria, de Paisajes Españoles. Ya lo ven, pusieron rumbo al sur y el norte, como una sombra, les persigue. Pronto encontrarán la explicación; el padre del camarero es oriundo de tierras sanabresas, donde tiene una casa a la que la familia retorna todos los veranos. En el interior, se ofrecen varias participaciones de la lotería de Navidad, tanto de la Hermandad del Cachorro como de la Esperanza de Triana. A la salida descubren más ecos sanabreses; no habían reparado a la entrada en el nombre del establecimiento: “Bar Remesal, especialidad de caracoles”. Y es que el norte está tan lejos y tan cerca. Por la mañana, en la calle Sierpes, los viajeros se encontraron con Paco, un maestro zamorano al que conocieron hace veinticinco años. Ahora vienen a saber que organiza viajes y, durante estos días, está en Sevilla de visita con unos amigos.

Torre del Oro y río Guadalquivir.
Es a la ermita del Cachorro a dónde encaminan sus pasos los viajeros. Antes pasarán por la iglesia de la Hermandad de la Divina Pastora. Estamos aquí en el corazón de la religiosidad sevillana, a este otro lado del río. Y es que, como dicen sus habitantes: “Triana es puente y aparte”. Aquí se dan la mano béticos y sevillistas, que el color alcanza las humanas pasiones y, así, en la calle de Rodrigo de Triana, los colores van del blanco al verde y del verde al blanco.

Cuando llegan, por fin, a la ermita, acaba de terminar una boda. Una limusina recoge a los novios. Ya no hay devotos en la iglesia, tan sólo cuatro turistas y los recién llegados.
El regreso a Sevilla lo hacen por el puente del Cachorro, hacia el barrio del Arenal, hasta la plaza del Cabildo. Todavía tendrán tiempo de comprar los “dulces de las monjas”. Observan los viajeros que los sevillanos deben ser muy golosos, pues formando cola aguardan pacientemente su turno para comprar los exquisitos manjares en un pequeño y especializado local.

Poco más les entretiene por hoy en Sevilla, como no sea adquirir algunos azulejos y objetos de cerámica. Por estar, se quedarían más tiempo, pero los cuerpos están cansados y desean retornar a Carmona.
Azulejo con la Divina Pastora.

* 8 de diciembre de 2007

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domingo, 18 de marzo de 2018

Carmona y Sevilla

DULCES DE LOS MONJAS

José Ignacio Martín Benito

Túmulo. Carmona.
Estamos, ya se dijo, en la Bética, en la fértil y suave vega del Guadalquivir. Y aunque no sea hoy primero de noviembre, los viajeros inician la visita al cementerio más antiguo de Carmona. La romería mortuoria se topó primero con el anfiteatro. Todavía tienen en la retina las moles desprendidas del de Itálica, como si fueran los restos de un cataclismo. En Carmona se conserva el esqueleto entero, como una honda cicatriz en la blanda roca.
Vienen a saber que, caído en desuso, los habitantes de la ciudad llegaron a utilizarlo como camposanto. En este, hicieron lo mismo que los isleños en el teatro de Alcudia; y es que los espacios bulliciosos, andando el paso del tiempo, enmudecen y se transforman en lugares de quietud, donde habita el olvido. Al fin y al cabo todo vuelve al polvo.
Los viajeros reflexionan sobre el ruido y el silencio y se dicen que si guerra dan los vivos, también la dieron los muertos. Los humanos pasan tanto tiempo pensando en cómo vivir como en preocuparse por las comodidades del eterno descanso.
Tal vez por eso, aquí, en Carmona, se labró para los muertos una ciudad bajo la tierra. No todo es olvido, que la memoria pervive más allá de la muerte, sobre todo cuando alguien se molesta en dejar grabados nombres y hechos. En Carmona, las generaciones se han sucedido, pero los nombres de Servilia y de Postumio permanecen. Como también sus espacios de eternidad; violados, sí, pero mostrados al mundo por el empeño de un inglés decimonónico. Acaso en eso consista la inmortalidad, cuando los nombres perduran dos mil años después del óbito.

Sevilla desde La Giralda.
* * *
De Carmo a Hispalis. De la calma de los muertos al bullicio de los vivos. Tropel de gentes en la plaza de España; cuadrillas que buscan su banco provincial, como quien busca el Grial, sólo que el banco lo encuentran y con eso se conforman.
Columnas humanas suben y bajan sin descanso al campanario de la catedral. Si don Fermín desde la torre de la seo ovetense escudriñaba la vida de Vetusta, desde la Giralda podría intentarse algo parecido e indagar por los amores perdidos de la mocita más bonita de un conocido barrio, por los recuerdos infantiles donde maduran los limoneros o por la lunita plateada y las dos cruces del monte del Olvido.
Pero la magnitud de la ciudad haría que sólo quedara en eso, en un intento, pues son muchos los rincones sevillanos. Además, el curioso “voyageur” podría quedarse ensimismado contemplando la ciudad, sus barrios y edificios y olvidarse de su oficio. Dejemos a los troyanos, mejor así.
Los viajeros bajan de la torre y salen por la puerta de los Naranjos camino del barrio de Santa Cruz, con el recuerdo de Carlos Cano. Entre tiendas de artesanía y “souvenirs”, llegan a la plaza de Banderas. Muy cerca, los sevillanos hacen cola para comprar “los dulces de las monjas”, expresión colectiva que por estas fechas realizan los conventos de dueñas de la ciudad. Pero los viajeros, Fabio, cambian el dulce por una manzanilla en la calle de Rodrigo Caro, poético famoso, al tiempo que la tuna ha comenzado ya su serenata. 

Museo de Sevilla.
Son las siete de la tarde. Por la plaza de Santa Cruz llegan a los Jardines de Murillo, cuando son sorprendidos por ruidos de sirena que se mezclan con el sonido de las campanas. Aquel, poco a poco desaparece y este se hace casi ensordecedor. Diríase que todos los bronces de Sevilla han comenzado a repicar. Pero no, “son sólo las campanas de la catedral”, les advierte un nativo al que preguntan. La razón de aquello no es otra que hoy es víspera del día de la Inmaculada Concepción, que aquí, en Sevilla, se vive de manera muy especial, con procesión incluida.

Los viajeros están cansados. Ya han visto a la Virgen de Montañés en el presbiterio de la seo y le han robado una imagen digital. Con eso se conforman, y con Carmona como refugio.

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martes, 13 de marzo de 2018

Ruinas de Itálica

"MUSTIO COLLADO"

José Ignacio Martín Benito
Anátidas en Itálica.

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa...

(Rodrigo Caro)

Ignoran los viajeros qué puede depararles la visita a la antigua ciudad. Las dos veces anteriores se dieron de bruces con la verja, por lo que piensan que, si a la tercera va la vencida, verán cumplidos sus propósitos de adentrarse en la “Itálica famosa”.

Ahora, por poco la historia se repite. Los guardas les advierten que, al ser día festivo, la visita terminará a las cuatro de la tarde, para las que apenas quedan poco más de 20 minutos.

Finalmente, en el interior, entablarán conversación con otro de los custodios, lo que les permite hacer un paseo más pausado y que el tiempo se detenga y a la vez se alargue. No podrán por menos de evocar los versos del poeta en aquellos campos de soledad.

Cinco anátidas llegan graznando desde el sur y se posan, sin inmutarse, cerca de los visitantes. Parece que lo hayan hecho siempre; en todo caso, los extraños en aquel paraje son los viajeros. La presencia de la vida silvestre es constante en el solar itálico. Una liebre cruza, en rápida carrera, la vía decumana. 
Avión sobrevolando Itálica.
Los emperadores ya no están allí para presenciar la metamorfosis de su urbs en el agger primigenio. Es igual, aunque estuvieran tampoco acertarían a encontrar una explicación en los grandes pájaros mecánicos que sobrevuelan constantemente el solar urbano. ¡Quién sabe si los aviones no estarán instando a las aves petrificadas en uno de los mosaicos a remontar el vuelo, para que vuelvan, otra vez, a surcar los cielos de la Bética. Y con ello, el retorno de la romanidad!


Los viajeros han llegado, pero marcharán. Lo hicieron otrora los hijos de la ciudad. Trajano cambió la vida de provincias por la de la metrópoli del imperio y el Betis por el Tíber y el Danubio.

Pero, a pesar de la hégira, y a pesar también del inexorable paso del tiempo, los muros se agarran a la tierra: en los desgajados bloques de hormigón del anfiteatro, en la alcantarilla que corre por debajo de la calzada principal, en los pavimentos que resisten pegados al solar… Sombras y memorias funerales de alto ejemplo...


Ya en Santiponce, dos “roulottes” permanecen ancladas a las puertas del antiguo teatro. Diríase que los actores están a punto para bajar de estos camerinos de hojalata y comenzar la representación.
La escena da la espalda al limes, entre el bullicio de la ciudad moderna, con el sosiego de las ruinas del mustio collado en los campos de vastas soledades. 

De las cenizas a la llama. Del eco al ruido. Del Betis al valle del Corbones. Los viajeros tendrán tiempo todavía de llegar al alcázar del Rey don Pedro y descubrir los secretos tartesios y turdetanos de Carmona y de la roca blanda de los Alcores.

Estatua de Trajano en Itálica.
 * 6 de diciembre de 2007

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domingo, 7 de enero de 2018

Nueva crónica portuguesa (3)

MOSTEIROS Y PONTES

José Ignacio Martín Benito 

Mosteiro de San Joâo de Tarouca  
Iglesia de S. Joâo de Tarouca.
Sol y silencio en el valle del Varosa. Ni siquiera se oye el murmullo de los arroyos Pinheiro y Aveleira que, con la sequía, traen poco caudal para alimentar al río principal. En otro tiempo sirvieron para dar agua a los monjes blancos, que canalizaron sus aguas en el mismo monasterio. Pero los monjes se fueron y su obra, con el tiempo se fue desmantelando. Consecuencias de la desamortización.

De todo el conjunto monacal se salvó la iglesia, que quedó para el servicio parroquial de las aldeas próximas. Los viajeros entran en el templo y admiran tallas, pinturas y azulejos. En la sacristía firman en el libro de visitas, recordando el relato de su “Carnaval del peregrino”. Y es que, todo hay que decirlo, han venido a este mosteiro por el reclamo del apócrifo manuscrito.
Monasterio de S. Joâo de Tarouca.

Es Tarouca un monasterio renacido, pero sin monjes. Los arqueólogos han sacado de las entrañas de la tierra los cimientos de las dependencias de la vieja abadía en un trabajo lento, arduo y paciente; Entran los viajeros en el edificio que hace esquina entre el Largo do Terreiro y la avenida Antonio de Teixeira, donde se ha abierto un centro de interpretación del monasterio. Allí se expone la vajilla y otros objetos extraídos del subsuelo, mientras se cuenta todo el proceso de la ingente excavación, con más de 3.000 metros cuadrados, impulsada por el gobierno portugués.

Tiempo tendrán todavía los viajeros de recorrer en solitario, la explanada que otrora alojó a monjes y conversos y subir a los aterrazamientos donde su cultivaron hortalizas, frutas y verduras. Este lugar fue lagar, aquí ermita, de todo apenas quedan las señales. Y es que los monjes –ya se ha dicho- no están aquí para contarlo. Con todo, Tarouca se ha desperezado del moho de su ruina y de la herrumbre del tiempo, pero a pesar de ello, es una estructura fría, sin alma, pues todo pereció a partir de 1834.

Cuando salen de las cistercienses ruinas, el reloj marca la una de la tarde. Es hora pues de alimentar el cuerpo, y qué mejor que en una casa de comida regional, en la que les ofrecen y aceptan cozido del país, un plato a base de repolho, batatas, farinheira, chouriço, entrecosto y orelha de porco, eso sí, acompañado de arroz seco, un ingrediente que no falta en la cocina portuguesa. Cuando salen, relajados, apenas tendrán tres horas de luz para seguir el curso del Varosa y poder admiarar la torre de Ucanha y el mosterio de Santa María de Salzedas.

Ponte de Ucanha

Ponte fortificada de Ucanha, sobre el Varosa.
La ponte fortificada de Ucanha, sobre el Varosa, recuerda a los viajeros la burgalesa de Frías o la cordobesa de la Calahorra. Su altivez y grandeza hace encogerse a dos moinhos situados a ambas márgenes del río, convertidos en una mera reliquia de lo que fue in illo tempore el aprovechamiento de sus aguas. Ahora el cauce viene bajo, lo que aprovecharán los viajeros para adentrarse en él y hacer varias tomas fotográficas del conjunto pontino.

La recia torre ha sido rehabilitada y recoge en dos de sus plantas una exposición sobre su hijo más universal: José Leite de Vasconcelos (1858-1941). El sabio portugués esgrimió algunas razones para su construcción: la defensa del paso, la entrada al couto del mosteiro de Salzedas y la cobranza del pontazgo. Hoy no hay tributo alguno, pues la entrada al interior de la fortaleza es gratuita, aunque los visitantes dejarán un pequeño donativo.

Mosteiro de Salzedas

De Ucanha a Salzedas. Aquí la ruina no se cebó tanto como en San Joâo de Tarouca. Tal vez porque el monasterio estaba en el mismo pueblo. Además la iglesia, se conservó buena parte de los claustros y algunas dependencias. No obstante, en ambos, el Estado portugués se ha esforzado en su recuperación, para el disfrute de las modernas generaciones y de la visita pública.


Claustro del monasterio de Salzedas.
Los viajeros sienten una sana envidia de que ambas iglesias cistercienses se salvaran de la destrucción, al quedar como templos parroquiales. Peor suerte corrió la de Santa María de Moreruela, reducida a escombros. La monumental de Salzedas sirve para el culto de los 90 habitantes del lugar. De ahí que se quede grande, más teniendo en cuenta que “em todo mundo vem à missa”, advierte la joven encargada de atender a las visitas. Y es que, en estas tierras de la Beira, la gente emigró a Francia o a Suiza y solo vienen en verâo.

Como en Tarouca, en Salzedas hay también un centro interpretativo. Los viajeros ven un video sobre el proceso de restauración y visitan las salas musealizadas. Un breve paseo por las calles de la población, antes de retornar a Lamego, pondrá el punto y seguido a una jornada marcada por las huellas romanas, visigodas y cistercienses en estas tierras del Douro portugués.

7 Diciembre 2017 

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