martes, 14 de junio de 2016

Parada y fonda en los caminos de Benavente

Posadas y mesones vistos por los viajeros

Las opiniones de los viajeros sobre las posadas y mesones que encuentran en el camino hacia Benavente son variadas, pero suelen coincidir en su escaso confort. Estas, por lo general, son frías y mal acondicionadas.

Posada, en el siglo XVIII.
Bartolomé Villalba y Estaña que viajó por la Vía de la Plata en 1577, se queja del albergue de Bretó: “Lo cual visto y notado con gran contento llegó á Breton, Bribon dixeran mejor, según es infame casa para los caminantes, que es, cierto, cosa de espanto, siendo del Conde, ¿cómo se provee de remedio más acomodado en un vil albergue?”[1]. En otros lugares, simplemente no había posada, teniendo los viajeros que arreglárselas como pudieran. Al Pelegrino Curioso no le fue mejor en Villabrázaro que en Bretó: “... llegó aquella noche á Villabrasa, por cierto brasa e caminantes porque el Pelegrino durmió en un carro, perdió no se qué cosillas, quedó sin cena, sintió buen frio”[2].


R. Ford, en una acuarela de J.F. Lewis.

Sólo en las villas de cierta entidad parecen encontrar los viajeros un lugar cómodo para descansar y reponer fuerzas para el día siguiente. En el viaje que hizo en 1612 a Santiago, Bernardo de Aldrete encuentra en Valermala posada i peor abrigo i ningunas camas”, compensada por la estancia en El Pereiro, ya en Galicia, donde “hallamos buena posada en un quarto... y el huésped nos regaló i dio todo un buen servicio con limpieza”. A su regreso de Compostela, Aldrete encontró a Benavente con “mui buenas posadas, en particular la del conde, que es la mejor donde posamos”. También Richard Ford, viajero por la España romántica del siglo XIX, pondera la estancia en Benavente, aunque la villa le pareció aburrida y pobre: “hay una Posada decente en las afueras de la ciudad en el camino de Astorga; la ciudad es aburrida y empobrecida”.


Pero las posadas medianamente confortables debían ser excepciones. William Dalrymple, que caminó por la vía de la Plata en 1774 para ir a Ferrol, cuando llega a Riego del Camino, señala que es “aldea pobre, con una más pobre cabaña a manera de posada. No se encuentra en ella más sillas que el suelo: nos ha costado mucho trabajo hacernos dar un puchero de barro para cocer las provisiones que, por fortuna, habíamos traído; porque no hay allí más que un vino agrio y pan muy malo”. El militar británico señala que en verano, cuando no hay rocío, más valía “dormir al aire libre que estar encerrado en un cuarto que se parece a un gallinero”, como lo hacían muchos gallegos que viajaban a segar a Castilla: “Duermen todos en los cementerios, al aire libre, lo que es una costumbre bastante corriente en el pueblo de estos países cálidos... A menudo he visto a los mozos de ranchos en Andalucía y la Mancha pasar la noche en el patio de la posada mejor que en las habitaciones”.


Posada. Escenas matritenses, de Mesonero Romanos.
J. Townsend
, que viajó por España entre 1786 y 1787, nos describe el interior de la posada de Santovenia, espacio muy reducido y multifuncional:
“...medí por curiosidad las dimensiones de mi habitación, que, como es frecuente en España, hacía las funciones de dormitorio y sala de visitas, y hallé que sólo tenía doce pies de longitud por diez de anchura. A pesar de lo reducido de este espacio, en él había una cama, la estructura de otra, una silla, una mesa y dos grandes arcas destinadas a alojar el tabaco del rey, cebada, lino y todos los tesoros de la familia. La cocina tenía casi las mismas dimensiones, a pesar de que en este edificio pasaban entonces la noche treinta y cinco caballos, mulas y burros, y sus jinetes o conductores”.


Jovellanos, por Goya.
Pero no son sólo los extranjeros los que se muestran críticos con el estado de las posadas. También los españoles. En el viaje que Jovellanos hizo de Salamanca a Gijón en 1791, el ilustrado se queja de los lugares donde tiene que pernoctar. El mesón que le sirvió de albergue en Villaquejida le pareció triste, “careciendo de todo, hasta de asistencia y abrigo”. La posada de Villamañán se le antoja “sucia, fría e incómoda”. La hospitalidad no le fue mejor, ni siquiera en el monasterio de Moreruela, donde “tuvimos un recibo tan frío como el tiempo; andaban los frailes a magostar en las recreaciones de anteadviento”. Jovellanos partió a dormir para Santovenia en una tarde mala y lluviosa, sin poder ver la iglesia ni el archivo del monasterio; menos mal que allí encontró buen alojamiento y mejor compañía en casa del párroco “D. Diego Aparicio, hombre fino, joven y al parecer instruido, primo de los Altamiranos, de quien traje carta”.


Junto a las posadas estaban también las ventas, al lado del camino y alejadas de la población. En el camino entre la Puebla de Sanabria y Tábara destacaban hacia 1812 la venta de Cernadilla y la venta de Litos, si bien la primera estaba arruinada. Por su parte, la de Litos era el único foco poblado del camino entre este lugar y Tábara:

“ ... desde el frente de Litos á Tabara es el camino llano, no se halla poblacion sino la Venta de Litos, el terreno es monte poblado de maleza...”[3]

Otra de las ventas en el camino entre La Puebla de Sanabria y Benavente (hoy N-525) fue la venta Cabijas, cerca de Colinas de Transporte.
Venta Cabija, en el camino de Benavente a La Puebla de Sanabria

http://ledodelpozo.blogspot.com.es/2014/09/jose-ignacio-martin-benito-cronistas-y.html


[1] B. VILLALBA Y ESTAÑA, El Pelegrino Curioso y otras Grandezas de España. Op. cit., pág.
[2] En venganza de la mala noche que había pasado en Villabrázaro, al día siguiente el Pelegrino tomó un yeso y dejó escritos unos encendidos versos en la puerta de la iglesia. Ibidem, pág.367-368.
[3] Circunstancias del camino de la Puebla á Carbajales. Instituto de Historia y Cultura Militar. Sección A, grupo XV, subgrupo II. 4069. Sig. 3-2-3-14- Rollo 23.

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