sábado, 28 de enero de 2017

El oro del Águeda (y 2)

LOS TESTIMONIOS

Río Águeda (Ciudad Rodrigo).
José I. Martín Benito

Una de los primeras referencias conocidas sobre el oro del Águeda es la que proporciona el Libro del Bastón, compuesto hacia 1770. En el capítulo de Historia natural, cuando se refiere al río Águeda, luego de enunciar sus arroyos, se informa:

Las aguas de él son delgadas, y saludables y lo principal que en sus corrientes se coge oro entre las arenas, bien que no se pueda afirmar si de él o de cual de los que se le agregan probiene, y sí que ha avido en la Capital Comercio de muchos dedicados a comprarle a los que se emplean en la saca, y aunque sigue, no es tanto como algunos años hace pues ahora concurren los vendedores a Salamanca y aquí se ha visto y apreciado pedazo hallado tan grande como un grueso garbanzo y purificado naturalmente en las corrientes sin haber entrado al crisol”.

Algo más tardía es la noticia de Antonio Ponz, que la debe a su corresponsal, el canónigo de Ciudad Rodrigo, Simón Rodríguez Laso (en el tiempo en que Ponz publica la carta última del Viage de España, rector del Colegio de los Españoles en Bolonia). La referencia al asunto del oro es escueta, pero precisa.

Lavando oro.

Grabado de G. Agrícola, siglo XVI.
“Pasa por junto á Ciudad-Rodrigo el rio Agueda, que incorporado con otros entra en Duero junto á la Villa de Frexeneda, y nace cerca de la sierra de Xalama. Hay en la ribera sus arenas de oro, que conocen, y sacan los Jurdanos.”

Autores posteriores, como Paula Mellado y, también, Madoz, se harán eco de Ponz, al referirse al río como “de arenas de oro”. Hay que hacer notar, no obstante, que Sebastián Miñano y Bedoya, en su Diccionario, obra considerada como precursora del diccionario de Madoz, no haga ninguna mención a las arenas auríferas del Águeda, limitándose a describir el recorrido y márgenes del río.
Sin duda, los testimonios más interesantes en cuanto a información suministrada son de Francisco de Paula Mellado y de Pascual Madoz, de mediados del siglo XIX. El primero de ellos lo deja en sus Recuerdos de un viage por España. A su llegada a la ciudad, advierte la actividad a orillas del Águeda.

"- (…) Supongo que ese pueblo que se vé ahi es Ciudad-Rodrigo.
- Si señor, esa es, contesto el calesero.
- ¿Y que hacen tantas cuadrillas de hombres cavando en el río?
Yo fijé la vista y observé que en efecto había una porcion de hombres trabajando con afan.
- Buscan oro, dijo con indiferencia el mozo.

- ¡Oro! ¿qué dice vd. hombre de Dios?… ¿Con que estamos en un pais donde para ser millonarios no hay mas que meterse de patas en el rio y dar cuatro picotadas?

- No te burles, Mauricio, repliqué yo, que el señor ha dicho la verdad. Ese rio se llama Agueda, nombre que me trae su origen de la palabra griega agattos, lo mismo que bueno, aludiendo á lo cristalino y limpio de sus aguas: nace en las vertientes de Jalama, á ocho leguas de aqui, y engrosándose con varios arroyos entra en el Duero en las inmediaciones de Fregeneda, doce leguas más adelante; de modo que tiene un curso de veinte leguas. Ponz le llama el rio de las arenas de oro, porque las trae en efecto, y mas de un poeta célebre ha pulsado la lira en su honra.
- Todo eso está muy bien, pero á mi lo de las arenas de oro es lo que mas me interesa. ¿Las trae en mucha abundacia?
- En mucha no, pero bastantes para recompensar los afanes de los que las buscan. Esos hombres vienen por esta temporada en que bajan las aguas, cavan en los sitios que ellos ya conocen, sacan la arena, la lavan y depuran, y á fuerza de constancia de tiempo reunen algunos adarmes de oro que venden en la ciudad ó en Madrid á buen precio, porque la calidad es escelente.
- ¿Y cómo no se han hecho investigaciones para hallar el origen de esa arenas?… Porque si el rio las trae, claro es que ó el mismo río ó cualquiera de los arroyos que lo enriquecen, pasan por algun punto donde este metal existe en abundancia.
- Asi opinan todos, y ya comprenderás que se habrán hecho esquisitas diligencias para encontrar el criadero, pues la cosa bien merece la pena; pero hasta ahora todas han sido inútiles.
En este razonamiento llegamos á las puertas de la ciudad, que pudimos recorrer aquella misma tarde, pues su recinto es pequeño."


Bateadores de oro en un río de Alemania.
Por su parte, el corresponsal del Diccionario de Madoz, al ocuparse de la descripción y curso del río Águeda, informa:

“La principal utilidad de este río, de arenas de oro, como dice Ponz, y cuyas aguas puras y cristalinas han sido objeto de sonetos y composiciones de muchos poetas célebres, consiste en dar movimiento á algunos batanes y muchos molinos harineros…”

Sin embargo, cuando se refiere a Ciudad Rodrigo, es más explícito sobre las arenas auríferas:

“Atraviesa el espresado término el rio Agueda, sobre el que hay un puente magnifico en esta ciudad, y entran en aquel distintos regatos. Pásase por diferentes vados, que desde el valles (sic) hasta el Pizarral se encuentran el de Cantarranas, el de los molinos de los Alisos, el del Puente, el de Barragan, el de Palomar, el del Oro y el del Carbonero. Tiene de notable este rio las muchas arenas de oro que arrastran sus corrientes. En la estacion de su mayor sequia se presentan varias cuadrillas, compuestas de 12 individuos naturales de Montehermoso de Estremadura, quienes hacen grandes zanjas en los sitios para ellos ya conocidos, en los arenales del rio frente á Valdespino y Palomar, recogen el escombro en cestos, tiran lo grueso, lavan lo menudo hasta la última depuracion, que la hacen en cuencos de madera, quedandose el oro en el fondo, y á los lados de aquellos, el que perciben y distinguen perfectamente al resplandor del sol, que se presentan en pequeñas laminitas ó partículas; comunmente corresponde a cada individuo 3 ó 4 adarmes de este metal precioso que sale muy puro”.

Manuel González de la Llana, en su Crónica de la provincia de Salamanca (1869), indica como riqueza las minas de oro, pero de manera general, sin especificar lugares.

“Como otra de las riquezas del suelo de la provincia pueden contarse las minas que contiene, entre las cuales las hay auríferas, de hierro, de cobre, de plomo, de cristal de roca, alumbre y salitre”.

Quizás no conociera la práctica de extracción de pepitas a orillas del Águeda, pues cuando se ocupa de los recursos minerales del distrito de nuestra ciudad sólo señala “criaderos de hierro y plomo”[9].
Mejor información parece manejar Jacinto Vázquez de Parga y Mansilla en su Reseña geográfica-histórica de Salamanca y su provincia (1885). En el capítulo XIX, al ocuparse de las minas del partido de Ciudad Rodrigo, escribe:

“El oro, en pequeñas pajuelas, se halla en los arrastres del Agueda, en algunos de sus afluentes y en alguna arroyada de las que descienden de las inmediatas sierras; pero hasta ahora no se conoce ningun criadero aurífero. Es de esperar que algun dia más conocido el terreno y segun se vaya desmontando ó abriendo nuevas vías de comunicacion, aparezcan nuevas muestras de metales, de los cuales deben de ser ricas las montañas de la parte S., segun se deduce de su constitucion geonóstica”.

La actividad fue decayendo, seguramente por lo poco productivo que resultaba la extracción del preciado metal. Se hace eco de ello la Enciclopedia Universal Ilustrada europeo-americana (c. 1908). Al referirse al Águeda, dice:
Pico Jálama, nacimiento del Águeda.

“Río de la provincia de Salamanca, que nace en la sierra de Gata, junto á Portugal. Pasa por Navasfrías, Ciudad Rodrigo y Barba, desaguando en la orilla izquierda del Duero, cerca de Barca de Alba. Sirve de límite entre España y Portugal, lleva arenas de oro, y su curso es de 130 kilómetros. Recibe las aguas de multitud de afluentes por ambas márgenes. A principios del siglo XIX aún se ocupaban muchos hombres en lavar dichas arenas, segregando las partículas del precioso metal, cuya industria tuvieron que abandonar por el escaso rendimiento que producía”.

Y en la voz “Ciudad Rodrigo” se encuentra:

“En las aguas del río Águeda se pescan barbos, anguilas, tencas, truchas salmonadas y ranas, y en sus arenas hay partículas de oro que antiguamente fueron aprovechadas, pero dese hace mucho tiempo se ha abandonado su extracción por ser poco productiva”.

Los modernos diccionarios enciclopédicos siguen registrando la noticia de las arenas auríferas del Águeda. Así, en la edición del Espasa-Calpe, de 1992, en la voz Águeda, leemos:

“Río de España, provincia de Salamanca; nace en la sierra de Gata y desemboca en el Duero después de 130 km de curso. Sirve de límite entre España y Portugal; tiene numerosos afluentes y arrastra arenas auríferas”.

lunes, 23 de enero de 2017

El oro del Águeda (1)

CUADRILLAS DE BATEADORES EN CIUDAD RODRIGO

Pepitas de oro de Navasfrías (alto Águeda).

José Ignacio Martín Benito

Debía tener yo 11 años cuando oí por vez primera hablar de las arenas auríferas del Águeda. Fue en la escuela del Patronato de San José, en un aula compuesta por unos 35 muchachos, cuando un día el maestro, D. Antonio Fernández Retamar, nos dijo que el río que pasaba por Ciudad Rodrigo traía pepitas de oro. En una época como la de comienzos de los años setenta y, como era mi caso, viviendo en el Arrabal del Puente y, por tanto, a la vera del río, supongo que aquella revelación debió causarme impacto, pues nunca la olvidé. Como tampoco olvidé otra revelación de don Antonio: la leyenda del oso que de noche se acercaba hasta las obras de la catedral y destruía lo que por el día habían levantado los obreros. Pero esto último es otra historia y ahora quiero ocuparme de las pepitas de oro del río Águeda.

Con el tiempo, y a medida que iba conociendo más de cerca las obras que habían tratado sobre Ciudad Rodrigo, fui tomando conciencia que la aseveración que un día oyera a mi maestro no era ni mucho menos gratuita, sino que descansaba en fundamentados testimonios de los siglos XVIII y XIX. Ahora, recordando mi niñez y mi despertar a la historia de Ciudad Rodrigo, he querido reunir algunos de los textos que aluden a las arenas auríferas del Águeda y a los buscadores de oro.

Los textos que traigo a colación proceden de diversas fuentes de los siglos XVIII, XIX y XX. Todas ellas están impresas, por lo que no resulta complicada su localización. En cualquier caso, para ahorrar al curioso o interesado lector la molestia de reunirlas, las incluiremos aquí, no sin antes dar una breve información sobre la saca de oro en las arenas del río Águeda.

La explotación del oro

Desconocemos en qué momento comenzó la explotación de extracción de oro de los arenales del Águeda. Sí sabemos, por contra, que en época romana (s. I. d. C.) se explotaba la minería aurífera al pie de la Sierra de Francia, como lo demuestran los desmontes y toda una red hidraúlica de canales y depósitos, así como de restos arqueológicos de Las Cavenes en El Cabaco (Salamanca). El área está delimitada al oeste por el regato del Zarzosillo y al este por el río Gabín, ambos afluentes del arroyo del Zarzozo, una las corrientes que da origen al río Yeltes. Explotación esta que, como Las Médulas (El Bierzo, León) han dejado su huella en el paisaje.
Las Cavenes (El Cabaco).


De la riqueza de oro en Hispania en época romana, ya habla Estrabón, en su Geografía. Concretamente en el libro III, 2, 8 dice:

“El oro no se extrae únicamente de las minas, sino también por lavado. Los ríos y torrentes arrastran arenas auríferas. Otros muchos lugares desprovistos de agua las contienen también; el oro, empero, no se advierte en ellos, pero sí en los lugares regados, donde el placer de oro se ve relucir; cuando el lugar es seco, basta irrigarlo para que el placer reluzca; abriendo pozos, o por otros medios, se lava la arena y se obtiene el oro; actualmente son más numerosos los lavaderos de oro que las minas… Dícese que a veces se encuentran entre los placeres del oro lo que llaman “palas”, pepitas de un “hemílitron”, que se purifican con poco trabajo”[2].

También Plinio se refiere a ello:

“ .. [El oro] se encuentra en pepitas en los ríos; como en el Tagus de Hispania… no existe oro más puro, apareciendo pulido por el curso y frote del agua… Además los montes de las Hispaniae, áridos y estériles, en los cuales no nace ninguna otra cosa, son forzados a ser fértiles en este bien”[3].

De las diversas noticias se infiere que también las corrientes del río Águeda y sus afluentes arrastraban arenas auríferas. Cuando el nivel de las aguas descendía, lo que debía ser a finales de la primavera y durante el verano, varias cuadrillas de hombres cavaban en los arenales del río, recogían la grava en cestos y la sometían a un intenso lavado. La depuración final la hacían en bateas o cuencos de madera, de manera que el oro, más pesado, se identificaba porque quedaba abajo y relucía con el resplandor del sol.

Río Águeda, en Ciudad Rodrigo, 1812.

Los arenales que se explotaban, según la información del corresponsal de Madoz, estaban frente a Valdespino y en El Palomar, esto es, aguas arriba y abajo de la ciudad, respectivamente. Las cuadrillas que se dedicaban a esta actividad procedían de la provincia de Cáceres. A finales del siglo XVIII, Ponz refiere que las arenas la “sacan los Jurdanos” y a mediados del siglo XIX, Madoz informa que las cuadrillas están compuestas por “individuos naturales de Montehermoso de Estremadura”.

Ignoramos el origen de esta actividad en Ciudad Rodrigo. Sánchez Cabañas, en su Historia civitatense, no da noticia alguna. Sí la da el Libro del Bastón, hacia 1770, dando a entender que la explotación de las arenas se venía realizando desde tiempo atrás. A principios del siglo XX la recogida del oro se había abandonado, pues su extracción resultaba poco productiva.

Respecto al tamaño el oro, Madoz indica que se presenta “en pequeñas laminitas ó particulas” (foto 3), aunque en algún caso, como refiere el Libro del Bastón, se llegó a hallar alguna pepita del tamaño de “un grueso garbanzo”. El oro extraído era vendido en la propia ciudad, en Salamanca y en Madrid. Aunque no se conocía el origen o “criadero aurífero”, se suponía -como lo hacía J. Vázquez de Parga- que la procedencia de las arenas estaba en las arroyadas que descendían de las sierras situadas al sur de la ciudad.

(Continuará)

miércoles, 18 de enero de 2017

Un zoológico en Benavente

LA COLECCIÓN DE ANIMALES EXÓTICOS DE LOS PIMENTEL

Leones, elefantes, camellos, leopardos, lobos y otras bestias.
Castillo de Benavente.
 

Coleccionar animales exóticos fue una costumbre muy arraigada en las cortes aristocráticas de finales del siglo XV y primeros del XVI. Ello enlaza con una tradición antigua que viene desde los reyes helenísticos y continuó con los emperadores romanos. Suetonio refiere que en los jardines de la Domus Aurea de Nerón había animales domésticos y salvajes de todo tipo. Gordiano III (238-244), según la Historia Augusta, tenía una colección de fieras: 32 elefantes, 10 tigres, 30 leones, 6 hipopótamos y otras muchas fieras salvajes.  

Los mosaicos de las villas romanas de Hispania reproducen animales de la fauna africana, como leones, leopardos, gacelas, así también como otras especies cinegéticas, tales como jabalíes (La Olmeda, [Pedrosa de la Vega (Palencia)].
Mosaico de la villa de La Olmeda (Pedrosa de la Vega).
El coleccionismo de animales atraviesa la Edad Media hispana. Conocido es el episodio del Poema de Mío Cid, cuando el Campeador amansó un bravo león, ante el temor de los austadizos infantes de Carrión. La España musulmana también fue aficionada a mantener animales en cautividad, como lo demuestra el zoológico que hubo en la ciudad califal de Medina Azahara. También los reyes cristianos fueron aficionados a coleccionar animales. Enrique IV, hermano de Isabel la Católica tenía una leonera en el alcázar de Segovia y una osera en el foso del Alcázar; al tiempo mantenía animalías o fieras en El Pardo, Valsaín o Coca. Los reyes de Navarra, a lo largo del siglo XV, tuvieron en el palacio de Olite, gamos, lobos, jabalíes, una jirafa, un dromedario, un mono, búfalos, cotorras, leones... 

León. Grabado de Durero.
Los monarcas, tanto españoles como europeos, se regalaban entre sí leones y otras bestias. Según refiere D. C. Morales Muñiz, el rey aragonés Martín el Humano "le regaló una leona a Carlos el Noble de Navarra. A Juan II de Castilla, a través de un cristiano genovés, le hizo llegar Abu Faris de Túnez dos leones amansados. Pero los monarcas hispanos también entregaron regalos leoninos a sus homónimos europeos. Los castellanos hicieron llegar una pareja de leones, con collares de oro, al rey de Francia en 1411, según consta en crónica de Juan II."

Conocido es el caso del elefante que regaló el rey Juan III de Portugal a su primo el archiduque Maximiliano de Austria, como presente de boda; el paquidermo provenía de la colonia portuguesa de Goa (en la India) y languidecía en Lisboa como juguete de los infantes. Salomón, que así se llamaba el elefante viajó hasta Valladolid y desde aquí a Viena. Este episodio inspiró a José Saramago en su novela "El Viaje del elefante" (2008).

La tradición de coleccionar animales que se mantuvo durante el Antiguo Régimen. Carlos III mandó construir un parque de animales en lo que hoy es la Cuesta Moyano, entre los que había leones y tigres.

Rinoceronte, por Durero.

 También los condes de Benavente fueron aficionados a tener animales salvajes dentro de sus propiedades. Y los tuvieron tanto en el entorno del castillo, como en las fincas de El Jardín y El Bosque, este último en el actual término de Santa Cristina de la Polvorosa.

Conocemos esta afición de los condes por el testimonio de los viajeros de finales del siglo XV y principios del siglo XVI. Uno de ellos fue Jerónimo Münzer, que en 1494-95 realizó un viaje por España y Portugal. Pasó por Benavente, procedente de Santiago de Compostela, en dirección a Salamanca. Llegó a Benavente el 30 de diciembre de 1494. A él se debe una de las primeras descripciones de la fortaleza de los Pimentel a la que dedica el conocido elogio, al afirmar que es una de las mejores del reino de Castilla y que en España sólo podía ser comparada a las de Granada y Sevilla. Respecto a la colección de animales que tenía el conde de Benavente, don Rodrigo Pimentel, Münzer escribe:

"Su señor es aficionadísimo a toda suerte de animales; vimos nueve leones y otros dos que con un lobo comían tranquilamente en la misma jaula, en la cual entró un negro de Etiopía que comenzó a acariciarlos, de lo que las bestias parecían mostrarse muy complacidas: ¡oh milagros del trato, que logra que las mismas fieras se tornen mansas con quien las halaga! Según me dijo el alcaide, gástanse al año mil quinientos ducados en la alimentación de aquéllas. Ha pocos años tuvieron también un elefante, pero se murió por no poder resistir los fríos del invierno".
San Eustaquio. Durero, 1501.
 
El otro testimonio es el de Antoine de Lalaing, chambelán del archiduque de Austria y narrador del primer viaje que en 1502 hicieron a España Felipe el Hermoso y Juana de Castilla en su primer viaje a España: De la colección de animales del conde de Benavente escribió Lalaing:

"Y el jueves, les invitó por un caballero a que fuesen a ver dos bellísimos parques cerca de su palacio, uno de los cuales estaba lleno de liebres, varias de las cuales son blancas, y había allí un camello, y al extremo un jardín y un cuerpo de edificio. El otro parque, a un cuarto de legua, de allí, está lleno de ciervos y de gamos, de venados y de corzos. El hombre encargado de ello les da de comer dos veces al día. Estos animales están tan acostumbrados a él que, al oír sonar su corneta, acuden a comer delante de él... Abajo hay leones y leopardos, y otras bestias”. 


Bibliografía:

MARTÍN BENITO, José Ignacio: Cronistas y viajeros en el norte de Zamora. Benavente 2005.
MORALES MUÑIZ, Dolores Carmen: "La fauna exótica en la Península Ibérica: apuntes para el estudio del coleccionismo animal en el Medievo hispánic". Espacio, Tiempo y Forma, Serie III, Historia Medieval, tomo 13, 2000, págs. 233-270.



viernes, 13 de enero de 2017

Influencia morisca en la época de los Reyes Católicos (2)

LA INDUMENTARIA

José I. Martín Benito

Isabel la Católica, por Juan de Flandes (1500).
El gusto por lo oriental, esto es ataviarse a la moda morisca, con vestidos de lujo y tejidos de seda se extendió a los poderosos, tanto a reyes como a nobles. La colección textil del monasterio de Las Huelgas (Burgos) revela que fueron los propios monarcas los que encargaron piezas mudéjares en los que hicieron plasmar su propia heráldica (Serrano-Niza, L). Es el caso del ajuar del infante don Fernando de la Cerda, encargado a un taller mudéjar; el tejido lleva escudos con castillos y leones. Reyes, nobles y clérigos encargaban también piezas a talleres mudéjares, que mantenían las tradiciones técnicas y ornamentales de los tejidos andalusís. Un ejemplo significativo de este gusto por la vestimenta y tejidos sureños es la capa pluvial del Museo Catedralicio de Burgos, encargada por los condestables de Castilla, y elaborada con un tejido nazarí organizado en bandas paralelas con inscripciones árabes cursivas.
Capa pluvial, de los Condestables. Museo catedralicio de Burgos.
El lujo orientalizante servía para arropar la imagen del poder real; para la entronización de Juan I de Castilla y de León en 1380 se compraron prendas y telas musulmanas en Granada (Martínez, Mª). Los propios Reyes Católicos se atavieron en ocasiones también a la morisca, como dan cuenta los cronistas reales. Así lo hizo el Rey Fernando en su entrada en Illora (Granada) el 9 de junio de 1486, según refiere el cronista Andrés Bernáldez: “El rey (Fernando el Católico) tenía vestido un jubón de clemesín de pelo e un quixote de seda rasa amarilla; encima un sayo de brocado, e unas corazas de brocado vestidas, e una espada morisca, ceñida, muy rica, e una toca e un sombrero, e en cuerpo en un caballo castaño muy jaezado”.

Toma de Vélez Blanco. Catedral de Toledo.
De esta moda a la usanza andalusí, utilizada por los Reyes, deja constancia gráfica la sillería baja del coro de la catedral de Toledo, decorada con escenas de la guerra de Granada (Rodrigo Alemán, 1484-1494). Lo morisco se extendía también al calzado, caso del borceguí, documentado a finales del siglo XV. Este calzado llegaba hasta la corva de las rodillas (borceguí corto) o las sobrepasaba. Otros las cubrían por completo (borceguí de rodillete). Estaba hecho de cuero o de badana muy flexible e iba pegado a la pierna. la flexibilidad permitía que pudiera volverse del revés.

Borceguí. Detalle de un retablo de Jaime Huguet, h. 1465.

No obstante, el uso indiscriminado de colores -a la morisca- podía ser objeto de Antón de Montoro (1404-1483) -poeta satírico judeo-converso- “a un portugués que vido vestido de muchos colores”.
burla, como en estos versos de

Dezid, amigo ¿sois flor
O obra morisca de esparto?
¿o carlanco o ruiseñor?
¿O sois martín pescador
O mariposa o lagarto?

No obstante, a pesar de estas chanzas, lo sureño hispánico -esto es, lo musulmán, destacaba en la moda en la Baja Edad Media peninsular, debido al contacto permanene de los territorios cristianos con el reino nazarí de Granada, donde llegaban las rutas orientales (puerto de Almería). Convergían estas también con influencias francesas e italianas.
Lo oriental contribuía a hacer ostentación de lo suntuoso, que servía para exponer y reforzar la imagen de la majestad real. Como ha escrito María Martínez: “El gusto por lo oriental, por los tejidos de lujo y las sedas arropaba la nueva moda de vestir de los poderosos, especialmente de los reyes que deseaban manifestar con la riqueza exclusiva de atavíos suntuosos la imagen de un poder recuperado, fortalecido y pretendidamente indiscutible. Para revestir ese poder los monarcas se sirvieron de las técnicas musulmanas enraizadas en las ciudades hispanas que fueron recuperando o mantuvieron los contactos con el mundo musulmán. La influencia de la indumentaria hispano-musulmana, caracterizada por un variado muestrario de textiles, telas ricas y sedas y modelos fácilmente identificativos -aljubas, tocados, sayas y camisas- fueron muy del gusto de la estética del poder, de los reyes, reinas, nobles y damas hispanocristianos, quienes los importaban desde algunas ciudades meridionales (Almería, Málaga, Granada, Sevilla) o de otros centros....” .

Saya de don Fernando de la Cerda (s. XIII).
Almodaha de don Fernando de la Cerda (s. XIII).



La propia reina Isabel la Católica gustaba de usar prendas moriscas para vestir. Así la retrató Juan de Flandes en 1500, con toca, velo, camisa morisca (de tiras) y joyel. Prendas de vestir típicamente islámica formaban parte del vestidor de la Reina, como lo confirman las cuentas de su tesorero, Gonzalo de Baeza, y el inventario de los tesoros del Alcázar de Segovia.


Bibliografía:

BERNÁLDEZ, A. Crónica de los Reyes Católicos. Crónicas de los Reyes de Castilla.

MARTÍNEZ, María: "La creación de una moda en la época de los Reyes Católicos". Aragón en la Edad Media, ISSN 0213-2486, Nº 19, 2006 (Ejemplar dedicado a: Homenaje a la profesora María Isabel Falcón), págs. 343-380.


MARTÍNEZ, María: "Influencias islámicas en la indumentaria medieval española".


SERRANO-NIZA, Lola: "La expresión de tela. Una aproximación a las inscripciones en los tejidos andalusíes". CATHARUM Revista de Ciencias y Humanidades del Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, pp. 29-35.

domingo, 8 de enero de 2017

La influencia morisca en la época de los Reyes Católicos (1)

La monarquía hispana y la estética del lujo y la ostentación

Salón de Embajadores. Alcázar de Sevilla.
José I. Martín Benito

La asimilación de elementos hispano-musulmanes en la España cristiana dio lugar al mudejarismo. Pero este no sólo consiste en la trasposición de técnicas y materiales constructivos a la arquitectura civil y religiosa, o el uso de mano de obra mudéjar en las edificaciones, sino también en la reproducción de los modelos andalusís.

Al menos, desde la Baja Edad Media, la monarquía hispana tuvo en lo morisco un referente para expresar sus aspiraciones de magnificencia, conforme a una estética asociada al lujo y la ostentación. Es lo que ocurre en obras áulicas, como el  palacio de Pedro I (de León y Castilla) en el Alcázar de Sevilla (reformado por los Reyes Católicos) o el palacio de Pedro IV (de Aragón) y el los Reyes Católicos dentro de La Alfajería de Zaragoza. Y es que, en efecto, la fastuosidad de las cortes musulmanas se convirtió en un referente a imitar por las cortes cristianas hispánicas y, como tal, fue adoptada. Y esto se dio no sólo en las cortes reales, sino también en las aristocráticas. Un ejemplo de ello fue el desaparecido castillo-palacio de los condes de Benavente, donde lo mudéjar, con alicatados, yeserías, azulejos y techumbes de madera, se imponía en la construcción.
Castillo-palacio de los Condes de Benavente.

En el reinado de los Reyes Católicos el propio modelo gótico-flamenco (europeo) convivió con la tradición hispánica (mudéjar). Y en ocasiones convivieron en un mismo edificio, como bien se refleja en San Juan de los Reyes de Toledo.

La atracción hacia lo morisco pervivía en los ambientes domésticos. Se mantenía la costumbre de sentarse en el suelo con las piernas cruzadas, sobre tarimas o estrados cubiertos con alfombras, guadamecís y almohadones. El viajero alemán Jerónimus Münzer, que viajó por España a finales en 1494-1495 dejó constancia, en su visita a Granada, de que el alcaide de la ciudad, Iñigo López de Mendoza, “los hizo sentar sobre alfombras de seda y mandó traer confituras y otras cosas”. También sabemos que la propia Reina Isabel la Católica, recurría, en su ámbito privado, al uso de estrado en sus aposentos, conforme a la tradición morisca.

Este gusto por lo morisco se reflejó en la indumentaria, en el mobiliario y en la decoración de los palacios, en los juegos de cañas y aún en la tendencia a coleccionar animales en cautividad, como iremos viendo en diversos post que iremos subiendo a este blog.

Techumbre del salón del trono. Aljafería de Zaragoza.
Decoración del palacio de Pedro IV. Aljafería de Zaragoza.



 

martes, 3 de enero de 2017

Moriscos en Zamora (2)

CONDICIÓN ECONÓMICA Y SOCIAL DE LOS MORISCOS ZAMORANOS


Hilandera morisca.
José I. Martín Benito

No parece que entre los moriscos llegados a Zamora en 1570-1571 los hubiera que gozaran de una posición social desahogada. Las referencias primeras, aunque parcas, nos ilustran sobre las carencias económicas. Así, en Toro, el corregidor hubo de socorrerlos en ocasiones, dándoles ropa o acomodándolos en casas[1] y decidió poner a buena parte de ellos al servicio de algún notable o eclesiástico de la ciudad “porque no anden de puerta en puerta pidiendo limosna”[2]. En Salamanca, el corregidor los acomodó de cuatro en cuatro o de seis en seis para que, de esta manera, pudieran hacer frente al gasto de las casas[3]. Las relaciones que enviaron los prelados en 1582 y 1589 aluden también a la pobreza de estas gentes. En carta de 8 de marzo de 1582 el obispo de Zamora informa al rey que “los moriscos que se repartieron en este obispado se an ido mucho y que los que quedan son casi todos pobres”[4]. También, en la relación que se envía en 1589, son frecuentes en la ciudad de Zamora las alusiones a su condición económica: “gente pobre”, “gente necesitada”. Algunos, no obstante los menos, debieron gozar de cierta posición acomodada, como Gaspar de Córdoba y su mujer, que tenían criada tanto en 1582 como en 1589 y vivían en la parroquia de Santiago en Toro[5] y el matrimonio de hortelanos Diego Hernández e Isabel Martín, que también tenían criado[6].

Moriscos.

Las autoridades cristianas relacionaban además este grado de pobreza con su disposición para el trabajo, al menos en los primeros tiempos de su llegada. El mismo corregidor de Toro se quejaba de que “son tan pobres y tan ynutiles para trabajar que si no los hiziese socorrer algunos dias con dineros perezerian de hanbre, porque no saben oficios si no es hazer zestilla de juncos y esparto que no lo ay en esta tierra y para trabajar en las viñas y heredades no los quiere nadie llebar porque dizen que son gente muy floja y de poco trabajo...”[7]. En similares términos se lamentaba el corregidor de Ávila en marzo de 1571: “son de tan poco o ningún trabajo que tienen fatigada la jente en hazerles trabajar y mantener”[8] La verdad es que la adaptación al mundo del trabajo cristiano fue mediocre –al menos en los primeros momentos-, tal y como ya advirtió Vincent[9]. No es de extrañar, pues, el impacto cultural de la sociedad cristiana para los recién llegados -más ligados a los trabajos artesanales o a la horticultura[10]- al demandárseles para oficios por ellos desconocidos como el trabajo de las viñas.

Estructura ocupacional
Las relaciones de moriscos, tanto las que enviaron los corregidores de Toro y Zamora en marzo de 1571, como las que remitió la mitra en 1582 y 1589 son una importante fuente para conocer la actividad laboral desempeñada por la minoría morisca durante su estancia en el obispado zamorense.

Dentro del sector primario tenemos un buen número de moriscos dedicados a la agricultura, a los que se califica de hortelanos. Estaban situados principalmente en Toro, en torno a la parroquia de Santiago, donde se recogían el mayor número de moriscos de la ciudad, tal y como se recoge en el padrón de 1589:

“el cura de esta parroquia declara que los mas destos moriscos son hortelanos...”.

En la ciudad de Zamora, los hortelanos son los menos; tan sólo se nombran como tales dos en la relación de 1571, junto con otros dos a los que se califica de labradores; en 1582 se cita también un pescador. Sin embargo, en esta ciudad, es el sector secundario el más representado, al igual que ocurre en ciudades como Ávila[11]. En 1571 se citan cuatro zapateros, un tejero, un ollero y un herrero, mientras que en la relación de 1582 hay un zapatero, dos carpinteros, tres herreros, cuatro estereros, dos aguadores, un hornero, un tapiador, dos adoberos...

Una parte de la población morisca estaba ocupada en la manufactura textil. En el censo de 1571 hay un tejedor, Andrés Aguilar, ausente en 1582. En este último censo se recogen en Zamora tres costureras y, al menos, dos personas relacionadas con el trabajo de la seda: Leonor Gómez, mujer de Alonso Gómez, de la que se dice “tuerce seda” y la hilandera Guiomar de Rojas, esposa del hornero Lorenzo Fernández. También en Fuentesauco es hilandera María, esposa del esterero Bernardino del Castillo[12]. Dentro de la actividad de los textiles hemos de señalar también a sastres y tintoreros. Así, en 1589 vive en la parroquia de San Andrés de Zamora, el sastre Luis de Baeza y en 1582 en Toro el tintorero Alonso Alguacil, parroquiano de San Cebrián, posiblemente el mismo al que en 1589 se le denomina Alonso de Molina. 

Zamora (detalle) del dibujo de Anton van den Wyngaerde (1570).
En actividades relacionadas con la construcción podemos agrupar a carpinteros, fabricantes de adobes, tapiadores...[13]. Lugar singular ocupa el trenzado de juncos, esparto o mimbre, oficio al que se dedicaban al menos cuatro familias en Zamora –tres de ellas adscritas a Santo Tomé, una en Fuentesauco y otra en Aldeanueva, según noticias de 1582. Recordemos como era ésta una de las actividades tradicionales moriscas; cuando en 1571 se informaba sobre la escasa adaptación al trabajo de los recién llegados a Toro, el corregidor se lamentaba de que “no saben si no es hazer zestillas de juncos y esparto”. En cuanto a las actividades mercantiles tenemos constancia de una familia de buhoneros en Toro en 1589[14].

Varios de los moriscos llegados en 1570 y 1571 encontraron ocupación en el servicio doméstico, especialmente los jóvenes y las viudas. A ello debieron contribuir las autoridades. Se pretendía con ello que no estuvieran ociosos o viviendo de limosnas, tal como informaba a su majestad Juan Briceño Osorio, corregidor de Toro:

“... y algunos de los moriscos que son mozos y mozas y bihudas e puesto con amos para que sirban por que no anden de puerta en puerta pidiendo limosna...”[15]

Algunos de los que llegaron en 1572 procedentes de Écija fueron también llevados por amos en el momento de la entrega. Fue el caso de Juan, el hijo mayor de un matrimonio con seis hijos, el cual se lo llevó Víctor de Villanueva, vecino de La Bóveda en el partido de Toro; otro vecino de esta ciudad tomó a su cargo a María Contavera, sobrina del matrimonio Lope de Beja y de María, su mujer[16]. El estamento eclesiástico recibió como domésticos a varios moriscos. En Zamora, Lorenzo Sicar y sus hijos estaban al servicio del canónigo Vázquez; Zacarías de Andrés de León marchó con el cura de San Lázaro. En 1589 el obispo tenía dos criados moriscos procedentes de Berbería; uno, de 40 años de edad, le había sido entregado bautizado por el rey hacia 1584 y el segundo, de 30 años, era esclavo, comprado por el obispo a un hidalgo de Zamora hacia 1585.

Panaderas moriscas.
Los moriscos entraron también al servicio de los notables de la ciudad: Alonso de Málaga con don Alonso Hernández Ventura de Villegas, hijo del corregidor y Melchor Jain con el diputado Andrés Fernández, el cual lo puso al oficio de tejedor[17]. Por carta del corregidor de Zamora de 6 de julio de 1571, sabemos que Miguel Mayuz estaba con el capitán Baltasar Docampo y Jerónimo Loaida con el regidor Hernán Rodríguez de Escobar[18]

Si exceptuamos a los esclavos, parece que la dedicación de los moriscos al servicio doméstico fue transitoria, tal vez más notable en los primeros tiempos de la estancia. A medida que transcurre el tiempo tenemos menos noticias de criados libres, sobre todo en la relación de 1589[19]. En el padrón de 1582 sólo figuran como criadas tres moriscas sirviendo en casas de cristianos viejos de Zamora; las tres jóvenes, mozas en torno a 18 años. Una de ellas, de nombre Inés, servía en la casa del entallador Juan de Montejo; las otras dos mujeres servían en las casas del licenciado Pizarro y de doña Ana de Calzada, respectivamente[20]. En Villaguer, don Juan de Deza tenía a su servicio tres criados moriscos. Ya se habló también de moriscos que contaron con servicio doméstico, caso de las casas de Gaspar de Córdoba y de Diego Hernández, en Toro.

Por lo que respecta a los esclavos, éstos ocupaban el 7,96 % en 1582[21] y el 1,57 % de la población morisca residente en el obispado de Zamora en 1589. El número de esclavos, como se puede inferir, fue disminuyendo. En algún caso se les concedió la libertad, como a los del deán Francisco de Deza, manumitidos en su testamento[22]. Propietarios de esclavos moriscos en Zamora en 1582 eran, entre otros, don Antonio Maldonado y don Alonso del Castillo -que tenían tres, respectivamente- y don Gonzalo de Guzmán y el canónigo Valvás, con uno. También tenía un esclavo de Berbería el obispo Juan Ruiz de Agüero en 1589, como ya se apuntó.

NOTAS:

[1] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2163. Toro, 20 de julio de 1571.

[2] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2162, fol. 8. Toro, 26 de marzo de 1571

[3] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2169, fol. 1-69.

[4] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2183.

[5] La criada en 1582 era una tal Teresa, soltera. A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2183. Zamora, 8 de marzo de 1582 . En 1589 su criada se llamaba Josefa, tenía 22 años y estaba próxima a casarse con un morisco de Salamanca. A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2196. Zamora, 7 de septiembre de 1589

[6] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2196. Zamora, 7 de septiembre de 1589.

[7] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2162, fol. 8. Toro, 26 de marzo de 1571.

[8] S. de TAPIA (1991): La comunidad morisca de Ávila. Salamanca, pág. 152.

[9] B. Vincent, Op. cit., pág. 233.

[10] J. CARO BAROJA (1976): Los moriscos del reino de Granada. Madrid, ha ponderado el papel del morisco en la horticultura, véase pp. 98-99 y 109-116.

[11] S. de TAPIA, Op. cit., pág. 180.

[12] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2183. Zamora, 8 de marzo de 1582.

[13] Tapiador es en 1582 Pedro Fernández, de la parroquia de San Salvador en Zamora, oficio que seguiría desempeñando en 1589, aunque ahora figura como parroquiano de Santa María la Horta. Sin embargo, los datos sobre su edad no coinciden, si es que se trata de la misma persona. En 1582 se dice que Pedro Fernández, tapiador, tiene 30 años y su mujer Catalina Fernández 26; en el censo de 1589 consta que Pedro Fernández tiene 50 años y su mujer Catalina Fernández es de 30 años. El matrimonio tiene en 1582 dos hijos, un niño de tres años y una niña de cinco; en 1589 tienen dos hijas: una, Beatriz de 9 años y la otra de 9 meses.

[14] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2196. Zamora, 7 de septiembre de 1589.

[15] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2162, fol. 8. Toro, 26 de marzo de 1571.

[16] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2167, fol. 58. Toro, 20 de febrero de 1572.

[17] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2162, fol. 10. Zamora, 26 de marzo de 1571.

[18] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2163.

[19] Junto a los moros de nación ya señalados, que sirven en las casas episcopales, el censo recoge otro criado morisco al servicio de Antonio Maldonado, bailío de Lora.

[20] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2183. Zamora, 8 de marzo de 1582.

[21] El obispo señala en su informe que hay 12 esclavos (lo que representaría el 6,52 %); sin embargo el cómputo individual depara un total de 13 personas esclavas.

[22] A.G.S. Cámara de Castilla. Leg. 2196. Zamora, 7 de septiembre de 1589.