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miércoles, 3 de octubre de 2018

Oro y plata en Zamora (3)

HALLAZGOS EN LA SIERRA DE LA CULEBRA EN EL SIGO XVI: CALABOR Y UNGILDE

José Ignacio Martín Benito

Introducción

Minero, siglo XVI. Archivo Histórico Minero.
En posts anteriores hemos venido informando de cómo el hallazgo de las minas de plata en Guadalcanal (Sierra Morena) espoleó la búsqueda de veneros y metales en el resto de España.
El occidente de Zamora fue también objeto de exploración en el hallazgo en 1556 de una mina de oro y plata en Lubián. Ese mismo año tuvieron también otros hallazgos en la Sierra de la Culebra, en término de Sanabria.

Hallazgos en la Sierra de la Culebra

El 6 de junio de 1556, Juan Mateo, clérigo y vecino de La Verdenosa [1], registró ante el alcalde ordinario de La Puebla de Sanabria y en presencia de escribano público, dos minas de oro, plata, estaño y otros metales, que había descubierto en la Sierra de La Culebra.

Una de las minas estaba en término de Calabor, en el sitio “Cabeza de Meda” y la otra en el término del lugar de Ungilde, en el sito llamado Urrieta del Omero, cerca de Prados del Rey [2]. En el hallazgo había participado también Macías Cornejo, vecino de Sampil [3]. Dos días más tarde, los descubridores establecieron concierto con Hernando Delgadillo, criado del rey, el cual informó a la Corona. 

Cabeza de Meda (Calabor, Zamora).
Con fecha 20 de junio de ese año, el alcalde mayor Francisco de Ledesma en nombre del rey dio orden al alcalde mayor del Adelantamiento de León para que se trasladara a ambos lugares e hiciera averiguación sobre la calidad, cantidad y provecho de las minas. Al tiempo, se le ordenaba que enviara dos libras del metal de cada mina, y que suspendiera cualquier actividad de explotación hasta que se tomara una decisión al 
respecto, dejando puestas guardas de confianza si fuera necesario.

La “Cabeza de la Meda”, en Calabor es un cerro rocoso muy próximo a la raya de Portugal [4]. A mediados del siglo XIX quedaban aún restos de su explotación [5]. No obstante, la zona tiene un potencial minero mucho mayor [6].





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[1] Verdenosa y Redelga forman el municipio de Santa María de la Vega, en el partido de Benavente, a orillas del río Éria.

[2] AHN, Osuna. Caja 489. Año 1556.

[3] ROJO VEGA, Anastasio (2012): Op. cit., pág. 22. Hernando Delgadillo, criado de S.M, estableció concierto con Juan Mateo, clérigo de Verdenosa (Astorga) y Macías Cornejo, de Sampil (Puebla de Sanabria), que habían descubierto dos minas, una de plata y estaño en término de Calabar, en la Sierra de la Culebra, Cabeza de la Meda; y otra de oro y plata en Ungilde, Hurrieta de Lomero cerca de Prados del Rey (AHPV, Protocolos notariales, leg. 136, fol. 2.060). El nº de folio que da Rojo Vega no se corresponde con el protocolo. Años más tarde, Hernando Delgadillo fue nombrado administrador de las minas del término de Guadalcanal (Sevilla) por provisión real de 31 de marzo de 1583 (AGS, Cámara de Castilla, Diversos, 46,19).

[4] Aquí se colocó el hito 390 de la frontera entre España y Portugal: “gran cabezo de rocas llamado Castillo de la Meda, y queda por encima de unos prados que se extiende hacia la derecha, distando 660 metros del hito anterior”. Acuerdos fronterizos con Francia y Portugal. Ministerio de Hacienda, 1969, pág. 362.

[5] “Entre las rayas de ambos reinos (España y Portugal), hay señales de una antigua mina de la que existe su cueva en parte cegada; se dice ser de plata; pero aunque han intentado su esplotación los portugueses, han tenido á lo mejor que abandonar la empresa por falta de recursos”), MADOZ, Pascual: Diccionario geográfico-histórico-estadístico de España y sus posesiones de ultramar. Tomo V. Madrid 1846, pág. 237.

[6] “La zona de Calabor puede considerarse como una zona minera muy importante, insuficientemente investigada y ligeramente explotada, estando todas las labores mineras realizadas sobre yacimientos filonianos de casiterita, que se agrupan en tres bandas o franjas constituyendo de norte a sur los yacimientos de Santa Bárbara, Manolita y Casualidad, este último actualmente, este último actualmente en explotación”. Boletín del Instituto Minero y Geológico de España, 1979, pág. 44. Durante el pasado siglo estuvieron abiertas varias minas. Estaños Ibéricos, S.A. explotó la mima “Casualidad” entre 1939 y 1965. Aunque hubo varios intentos de reabrirla, se cerró definitivamente en la década de 1980. Otras minas de la zona de Calabor fueron “Santa Bárbara” (Mina Valtreixal) y “Manolita”; Santa Bárbara comenzó a explotarse en 1855; caducada la concesión, la mina se reabrió en 1939, estando activa hasta su cierre en 1967, https://mti-minas-castillayleon.blogspot.com.es/2016/08/mina-santa-barbara.html. “Mina Manolita” estuvo activa entre 1940 y 1951, http://www.mtiblog.com/2016/05/mina-manolita-calabor-pedralba-de-la.html .

viernes, 28 de septiembre de 2018

Oro y plata en Zamora (2)

BUSCADORES DE MINAS EN EL SIGLO XVI

José Ignacio Martín Benito


"La fiebre del oro"

Lubián (Zamora).
En un post anterior informábamos del descubrimiento en 1556 de una mina de oro y plata en la Sierra de Sospacio, de Lubián. El hallazgo había tenido lugar tras la fiebre del oro que se desató en España tras el descubrimiento de las minas de plata de Guadalcanal en Sierra Morena en 1555. Fue entonces cuando la gente se echó literalmente al monte, con la esperanza de encontrar alguna mina.


Buscadores de minas 


Entre los buscadores estaba Juan de Bustamante, que descubrió en 1556 la mina de Lubián. Este era vecino de Alcañices y debía dedicarse a este oficio de buscador, pues en la documentación se le denomina: “maestro y descubridor de minas”. 
Otro de los reputados buscadores de minas del Reino, que debió operar en tierras del obispado de Astorga, fue Antonio de Soto, al que la Corona dio permiso en 1558. Descocemos el ámbito de sus pesquisas, la licencia obtenida se hacía extensiva a los términos de dicho obispado, junto a los de Lugo y Oviedo, y se le daba “por la experiencia que tenéis de conocer minas de oro, plata y plomo y otros metales” [1].
Trabajos de minería. Georgius Agrícola, De re metallica (1556).

También los clérigos sacaban tiempo de sus labores pastorales para dedicarse a explorar el terreno en busca de minerales. Fue el caso de Juan Mateo, cura y vecino de Verdenosa (lugar cercano a Benavente), que, en compañía de Macías Cornejo, vecino de Sampil, exploró la Sierra de la Culebra en busca de metales. Sus pesquisas se vieron recompensadas y en 1556 registró dos minas de oro, plata y estaño en el término de La Puebla de Sanabria, una en Calabor y otra en Ungilde [2]. En el hallazgo había participado también Macías Cornejo, vecino de Sampil [3]. Tres años más tarde, tal vez el mismo Juan Mateo, esta vez clérigo de Villaferrueña, llevo sus pesquisas hasta el Bierzo, localizando una mina de oro y otra de azogue en Lago de Carucedo [4], en el entorno de Las Médulas, antigua explotación aurífera de época romana.

Las Médulas (El Bierzo). CC0 Creative Commons.

Próxima entrada: Los hallazgos en la Sierra de la Culebra: Calabor y Ungilde

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[1] ROJO VEGA, Anastasio: (2012): “Noticias sobre minas y tesoros en los Archivos españoles del siglo XVI”. Estudios del Patrimonio cultural, pág. 23.
[2] AHN, Osuna. Caja 489. Año 1556.
[3] ROJO VEGA, Anastasio: Op. cit. pág. 22.
[4] ROJO VEGA, Anastasio: Op. cit. pág. 23, citando un documento del AHPV, protocolos, leg. 141, fol. 105.


sábado, 27 de enero de 2018

Oro y plata en Zamora (1)

EL DESCUBRIMIENTO DE UNA MINA DE ORO EN LUBIÁN

José I. Martín Benito
La riqueza minera de Zamora ha estado presente a lo largo del tiempo, desde la Prehistoria hasta el siglo XIX. Es a partir de los siglos XIX y XX cuando comienza a ser más conocida, sobre todo por las minas de Sayago (Villadepera) y Sanabria (Calabor).

Desde muy antiguo en el actual territorio de la provincia se explotó la sal, el oro, la plata, el plomo, el cobre, el estaño. Este potencial bien podría transformarse en un recurso económico para la zona rural provincial. ¿Cómo? Con la creación y promoción de rutas turísticas en la provincia en busca del pasado minero. Para ello, habría que hacer una selección de lugares visitables. Para eso es necesario contar con un conocimiento del territorio, realizando estudios previso y ver, así, las posibilidades de acercar e insertar los enclaves y restos de la minería histórica al gran público. Es una oportunidad que está ahí, esperando. Cuando el mundo rural se vacía, es preciso estimular el aprovechamiento de los recursos. Y este, el de la minería histórica como producto turístico, puede ser uno de ellos.

Noticias de descubrimientos de minas en Zamora hay varias. Hoy traemos aquí una relacionada con el descubrimiento de oro y plata en Lubián (Sanabria).

El descubrimiento de las minas de plata en Guadalcanal (Sevilla) en 1555 en Sierra Morena, generó una espacie de “fiebre minera” en el resto de España. Muchas gentes se lanzaron a explorar el campo, esperando encontrar un remedio rápido a su precaria situación. Así lo expresaba el corregidor de Segovia en 1556: “En esta ciudad y su tierra ay mucha nesçesidad y la gente está pobre, andan muchas jentes a buscar las dichas minas por los montes, sierras y términos de la dicha çibdad”[1].

Las tierras zamoranas no fueron ajenas a esta situación, donde vecinos y naturales se lanzaron también a la búsqueda de minerales; no en balde los hallazgos se concentran, sobre todo, en 1556, particularmente en Sanabria y Sayago.

Entre los buscadores, debía haber gente experimentada, a la que se denominaba “maestro y descubridor de minas”, como fue el caso de Juan de Bustamante, vecino de la villa de Alcañices. En 1566, Bustamante exploró la Sierra de Sospacio, y halló una mina en término de Lubián, cuya explotación concertó con Antonio Pimentel, conde de Benavente[2].

A estar la mina en término del condado de Benavente, se llegó a un concierto entre Juan de Bustamante y el conde don Antonio Pimentel, firmado en la villa de Benavente el 4 de febrero de 1557. Ambas partes acordaban repartir los beneficios del oro, plata u otro metal que de la mina se sacase. El conde daba licencia a Juan de Bustamente para que este descubriera y se beneficiara de la explotación minera, pero corriendo con los gastos que de ello se derivaran, sin que el conde tuviera que pagar cosa alguna por esta tarea. 


Trabajos de minería. G. Agrícola, De re metallica (1556).
Los posibles beneficios de la mina de Lubián se repartirían de la siguiente manera: las tres cuartas partes para Bustamente, “por su trabajo, costa e industria” y la parte restante para el conde. Se especificaba además que si alguna vez el conde quería llevar la mitad del provecho de la mina, debía pagar al descubridor la mitad de los gastos que este hubiera realizado en la explotación.

La escritura de acuerdo estipulaba también que si Juan de Bustamante descubriere otras minas en tierras del conde de Benavente, debía regirse por el mismo concierto.

__________
El texto aquí recogido forma parte de un trabajo inédito, que se publicará en Brigecio 2018 con el titulo: La minería en Zamora. Una aproximación al siglo XVI y primer tercio del XVII.


[1]SÁNCHEZ GÓMEZ, Julio: De minería, metalúrgica y comercio de metales (1450-1610). La minería no férrica en el Reino de Castilla (1450-1610). Salamanca 1989. Acta salmanticensia. Estudios históricos y geográficos, 65. Vol. 2, pág. 640. Reproducen la cita JORDA BORDEHORE, L.; PUCH RIART, Octavio y MAZADIEGO MARTÍNEZ, Luis Felipe: La minería de los metales y la metalurgia en Madrid (1417-1983). Madrid 2005, pág. 38.

[2] Archivo Histórico Nacional. Osuna. Caja 489.


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viernes, 9 de diciembre de 2016

El pozo Airón de Ciudad Rodrigo

Un topónimo ligado al mundo subterráneo

Pozo Airón, en la Sierra de Camaces
José I. Martín Benito

En el término de Ciudad Rodrigo, en la Sierra de Camaces, existe un pago denominado Pozo Airón (MTN, Hoja 500, edición 1945). Recuerdo haber visitado el lugar y bajado a él hace más de 30 años, en compañía de algunos miembros de la Asociación Amigos de Ciudad Rodrigo. Se trata probablemente de una antigua mina. Quizás sea el mismo que cita el agustino César Morán en su Reseña Histórica y Artística de la provincia de Salamanca (1946), aunque no está en término de Sahelices, como parece inferirse de la cita que da el agustino.

Seguramente se trata del mismo lugar al que se refiere Casiano Sánchez Aires, en su Breve Reseña Geográfica, Histórica y Estadística del Partido Judicial de Ciudad Rodrigo (Ciudad Rodrigo 1904, pág. 178). El autor lo sitúa en el término de Castillejo de Martín Viejo y escribe de él lo siguiente:

“No llama menos la atención de aquellas sencillas gentes otro sitio en término de Castillejo, titulado el Pozo Airón en la sierra de Campaneros, camino de Ciudad Rodrigo á Vitigudino, cisterna profunda formada de varios y sinuosos cuerpos, acerca de la cual se cuentan curiosas y fantásticas anécdotas. ¡Quién dice que es la boca de un túnel que antiguamente comunicaba con dicha ciudad!: quien, que tenía comunicación con el Águeda, en prueba de lo cual añaden que algunas cabras que allí se despeñaron, parecieron después en el rio á legua y media de distancia!: otros, que arrojaron en dicho pozo un perro vivo, y fué á encontrar salida en el Piélago Sordo: que ha sido cueva de ladrones!! que… pero lo probable es que sea una escavación hecha para explotar alguna mina de hierro, como lo indica la constante oxidación que se observa en los bordes de su entrada”.

César Morán escribe en su Reseña: “En lo alto aparece Sexmiro, y más abajo el puente sobre el Agueda que enlaza las dos orillas, la de Sahelices, donde se ve una antigua mina de hierro llamada el pozo Airón, divinidad de las simas insondables, con la orilla izquierda de Barquilla, donde hay otro verraco ibérico…” (Salamanca, 1946, pág. 23).
Poo Airón, en Pereña (Salamanca).
El pozo está cerca de Castillejo de Dos Casas, donde se conservan diversas leyendas ligadas a la sima.
Pero el topónimo lo encontramos en más lugares.Relativamente cerca de Ciudad Rodrigo, en los Arribes del Duero, en Pereña, hay otro lugar al que llaman Pozo Airón. Se trata de una caverna excavada por el agua. Aquí se darían cita, por tanto, dos de los elementos al que Airón va asociado: una cavidad y el agua. Puede verse esto en
http://personales.com/espana/salamanca/Perena/Airon/htm

El topónimo en España

En España hay más de sesenta topónimos “Airón”, ligado a las aguas, a las fuentes y al mundo subterráneo. También en Portugal, cerca de Braga, varias localidades llevan el topónimo Airâo.
Airón fue una divinidad indígena prerromana del occidente europeo. Su culto se registra tanto en Francia como en la Península Ibérica, asociado al agua (fuente de vida) y a la vegetación, pero también a las profundidades y al inframundo.
En el libro que trata de la Descripción de España (Las Antigüedades de las ciudades de España, Madrid 1792, pág. 175), cuenta Ambrosio de Morales, que cerca de la villa llamada el Castillo de Garci Muñoz (La Almarcha), en La Mancha, hay un lago del mismo nombre, no muy grande, pero muy profundo, al que no se le conoce fuente ni manantial “y sustenta en todo tiempo su lleno de una manera. Y por ser aquella tierra tan seca es más notable y extraña aquella abundancia de agua allí queda y estantía”.

Poza Airón o Poceirón (Aldea del Pinar (Burgos).
Como decíamos más arriba muchas son las leyendas ligadas a estas simas, entre ellas la de Tejerina (León). También han dejado su huella en la tradición de romances y canciones. Una canción de Orellana la Vieja (Badajoz), donde hay otro pozo Airón dice: "Tire media naranja a la laguna /cualisquiera que la vea/ dice ques una./ Tire la otra mitad al pozo Airón / Cualisquiera que la vea dice que son do´s".

Por su parte, en una de las versiones de Los de los Siete Infantes de Lara se romancea:


Ya se van los siete hermanos/ ya se van para Aragón;
los calores eran fuertes/ agua non se les topó.
Por el medio del camino/ toparon un pozo Airón;
echaron pares y nones/ al más chico le cayó.
Lo atan con una cuedra/, lo echan al pozo Airón;
por el medio de aquel pozo/ la cuerda se les rompió.
El agua se le hizo sangre;/ las piedras culebras son
  cuelbras y alacranes/ le comen el corazón.
- Esperad vos, mis hermanos/, quiero decir una razón:
Si vos pregunta la mi madre, la direx, ¡atrás quedó!
Si vos pregunta el mi padre/, le direx: ¡al pozo Airón!
Si vos pregunta la mi mujer/, la direx: viuda quedó.
Si vos preguntan los mis hijos/, les direx: huérfanos son


Cómo llegar al pozo Airón desde Ciudad Rodrigo

Mi amigo y compañero en el Centro de Estudios Mirobrigenses, José Ramón Cid Cebrián, nos lo indica: "Resulta complicado llegar al Pozo Airón sin conocer la zona; son caminos o roderas de fincas ganaderas sin señalización alguna. El lugar se encuentra en la linde de las dehesas Valdecarros y Campanero, en lo alto de la Sierra de Camaces. Desde Ciudad Rodrigo se puede ir por el antiguo camino de Villavieja de Yeltes, que sale de la derecha de la carretera de Lumbrales, nada más pasar el puente de la vía del tren; se pasan las fincas o caseríos de La Mug, Capilla de la Sierra y Valdecarros. Al cruzar el Caserío de Valdecarros continúa el camino por el Valle que atraviesa la Sierra de Camaces y, en la parte alta al lado de una fuente de piedra, hay que coger una rodera que sale a la izquierda y sube a la cima de la sierra. Allí existe una caseta forestal de la Junta de Castilla y León, desde donde se divisa una gran extensión de terreno y en verano hay un guarda para vigilar los fuegos; desde esta cima, último trayecto al que se puede llegar en automóvil, en dirección noreste, pasando el alambrado de la raya de Campanero (el caserío se divisa en el valle), a unos 100 metros se encuentran las bocas del Pozo Airón".

Relato de  ficción sobre el Pozo Airón, en El memorial de Salazar.





Como siempre me han resultado curiosas las cosas antiguas, cuando la ocasión lo requería interrogaba a los curas de las aldeas sobre el particular. Fue así que, recién llegado a este obispado, cuando por mandado de su señoría reverendísima realicé visita a Castillejo de dos Casas, llegué a tomar conocimiento de la sima que dicen el Pozo Airón. Tales cosas me contó el beneficiado de este lugar que le rogué me acompañara, para verlo con mis propios ojos y formarme cabal idea del mismo.

            El citado pozo se encuentra en la sierra de Campaneros, en la cercanía del camino de Ciudad Rodrigo a Vitigudino. Nos levantamos temprano, para poder así esquivar mejor el calor, pues era entrado el mes de junio. En compañía de tres hombres que conocían el paraje, allá que nos acercamos el beneficiado, el criado que me acompañaba y yo. Íbamos provistos de varias varas de soga y de hachones, pues decían los lugareños que la bajada arrojaba cierto peligro y al cabo de unos metros comenzaba a perderse la luz solar. Habrían transcurrido cerca de dos horas de marcha, sorteando peñas, tomillo, jarales, encinas y robles cuando llegamos a nuestro destino. De pronto advertí que el sol se había ocultado tras unas negras nubes, que los trinos de los pájaros habían cesado y que los grillos y chicharras guardaban silencio. Advertí también que los lugareños e, incluso, el cura, se santiguaban y humillaban la cabeza.

No he de negar a Vuestra Majestad que sentí un escalofrío cuando pude asomarme a aquella boca de garganta profunda que se abría hacia el interior de la tierra y que, según contaban algunos, comunicaba con la misma morada del diablo. Pero repuesto y anteponiendo el raciocinio a la debilidad y el valor al miedo, iniciamos los preparativos para poder descender a la sima. Yo contaba entonces cincuenta y cinco años de edad y por mi naturaleza, y porque el Señor no me había retirado cierta soltura –que siempre he sido de complexión delgado-, había tomado la decisión de que lo que hubiera allí abajo debía verlo con vista de ojos.

Fue que atamos varios cabos de soga a dos robles cercanos y el extremo suelto lo anudamos a nuestra cintura con gran firmeza, para utilizarlo a modo de escala y, con sumo cuidado y sintiéndonos seguros, comenzamos a bajar. Lo hicimos dos de los hombres que llevábamos y yo mismo, que el beneficiado se excusó diciendo que andaba algo suelto del vientre. Mientras, el tercero de los hombres vigilaba la boca del pozo e iba soltando lentamente la cuerda, a medida que descendíamos. Mi criado bastante tenía con cuidar de las caballerías, que tampoco era mozo intrépido.

            No recuerdo muy bien cuánto tardé en bajar, aunque a mí se me hizo, en honor de la verdad, una eternidad y eso que el descenso no tendría más de diez varas. Cuando por fin lo hice, abajo me esperaban mis dos compañeros de aventura que, según supe, no era la primera vez que descendían a aquel abismo. En el fondo, rocas desprendidas y tierra amontonada de alguna escorrentía, indicaban que el lugar llevaba muchos años abandonado.
Aquelarre,, de Francisco de  Goya, 1797.

            Liberados de las escalas comenzamos a caminar por una galería ligeramente descendente, en fila de a uno, pues la holgura de la misma no daba para ir en compaña. A los pocos pasos se fue perdiendo la claridad que venía desde el cielo y las sombras se fueron adueñando de aquel espacio, por lo que tuvimos que prender las teas que llevábamos consigo. Después de caminar unos doscientos pasos, llegamos a una especie de sala, más o menos circular, donde podrían caber bien holgadas veinte personas, que tenía una especie de poyo corrido alrededor de la pared y, en el centro, una gran piedra, hija de la roca madre, que no había sido desbastada. Uno de mis acompañantes dijo que allí se reunían las noches de plenilunio las brujas y hechiceros para hacer sus conjuros y adorar al demonio, que en forma de macho cabruno colocaban sobre la roca, y a él se lo había contado su abuelo, cuando de niño bajó por vez primera a aquellos dominios. De la sala salía de nuevo otra galería, esta más estrecha que la anterior. Una boca de aire nos dio en la cara y apagó la llama de uno de los hachones y luego comenzamos a oír como silbidos muy agudos, lo que según contaron mis acompañantes era el aliento del diablo y su llamada, por lo que desistían de continuar, que de allí nunca habían pasado por ser cristianos temerosos de Dios y de las fuerzas del averno.           

            Cuando pudimos ver de nuevo la luz del día, di gracias al Altísimo. La ascensión resultó ser más fácil que la bajada, pues los de arriba casi me alzaron en volandas. Y ya todos juntos, nos dispusimos a dar cuenta de un poco de pan, vino y queso y a comentar lo que allí abajo habíamos visto y de lo que se creía y contaba acerca de aquella sima. Y uno de los lugareños, que parecía el más avispado y aficionado también, como yo, a las cosas antiguas, dijo haber oído que el pozo era la boca de un túnel que llevaba hasta la ciudad. Los otros, sin embargo, añadían que bien podía ser, pero que también tenía comunicación con el río y en prueba de ello añadieron que algunas cabras que por allí se despeñaron, aparecieron después en el Águeda, que dista de aquí legua y media. Pero todos creían también que era o había sido aprovechado como guarida de ladrones, o en reuniones de brujas y hechiceros que se reunían allí para hacer sus conjuros.

            En esto estábamos cuando, de pronto, advertimos que de la boca del pozo comenzaba a salir humo, de lo cual resultó que mis acompañantes, muy alarmados, huyeron despavoridos, persignándose y clamando la ayuda divina, sin detenerse siquiera a saber o comprobar la procedencia de aquello. No sin cierto temor me acerqué a la boca del pozo, y pude ver la causa: una de las teas que habíamos abandonado cuando iniciamos la escala había prendido unas matas verdes que se criaban en el fondo, donde llegaba la claridad y esta era la razón y no otra.

Yo, tengo para mí, que más que todas las cosas de fabulación que dicen, el citado pozo es una mina de hierro abandonada, pues se veía óxido en las paredes. Y la corriente que sentimos y los silbidos que oíamos allá dentro deben ser producto del aire que se mezcla por alguna grieta o embocadura oculta. Cuándo se fabricó no lo puedo decir, pero bien podría ser obra de romanos o de moros, como otras que he visto yo en mi tierra de Lorca. De otro Pozo Airón tuve noticia en otra visita que hice a Las Arribes al año siguiente, donde me informaron de la existencia de una caverna excavada por el agua en el lugar de Pereña, que es ya del obispado de Salamanca y esta no es mina, sino capricho de la naturaleza. Así que, por aquí, deben llamar Airón a todas aquellas cavidades que penetran en el interior de la tierra. Y según cuenta Ambrosio de Morales, cerca de la villa llamada el Castillo de Garci Muñoz, en la Mancha, hay un lago del mismo nombre, no muy grande, pero muy profundo, al que no se le conoce fuente ni manantial. Y el nombre de Airón debió ser el de alguna divinidad de las simas y de los abismos, a la que adoraban o rendían culto los naturales de Hispania, antes que nuestra santa fe se propagara por ella.